La teoría de la deriva continental de Alfred Wegener

 


Cuando tenga la oportunidad, dese una escapada para hacer senderismo. Busque algún paraje para contemplar la naturaleza y apreciar su magnificencia. ¿Qué le parece un valle rodeado de montes? ¿O qué tal un geoparque? Luego de maravillarse con las bellezas naturales de esos sitios, tome en cuenta el siguiente detalle: lo que tiene frente a usted, no siempre ha estado ahí.

Yassir Zárate Méndez

Durante siglos se pensó que el paisaje, incluidas las montañas, los valles, las barrancas y demás accidentes orográficos siempre han estado ahí, incólumes testigos del paso del tiempo. Quizás la erosión y otros fenómenos naturales habrían cambiado algo el perfil de los cerros o de las costas, pero en esencia todo había estado ahí desde siempre.

Si bien es cierto que muchos otros han pensado que eventos catastróficos como erupciones y terremotos inciden en el perfil orográfico -teoría que se conoce como catastrofismo-, en general se argumentaba que hay una suerte de quietismo en el paisaje. Hasta que llegaron las ideas del meteorólogo alemán Alfred Wegener, a principios del siglo XX.

Las propuestas de este científico son consideradas como antecedente directo de la teoría de la tectónica de placas, que actualmente sirve para explicar la ocurrencia de diferentes fenómenos geológicos, entre ellos, el que más defendió el propio Wegener: la deriva continental, que ahora se ha matizado, pero en esencia se conserva.

 

Un revolucionario

Alfred Wegener nació en Berlín en 1880. Fue hijo de un pastor encargado de la administración de un orfanato. En 1904, a los 24 años, defendía su tesis de doctorado sobre dinámica planetaria en la Universidad de Berlín. Para ese entonces también había hecho estudios en las universidades de Heidelberg e Innsbruck. De hecho, se había matriculado para estudiar astronomía, de donde dio el salto a la geofísica, para especializarse en meteorología, como reporta Manuel Lozano Leyva en Los hilos de Ariadna.

Y es que las condiciones del estado del tiempo se habían convertido en su centro de interés, sobre todo luego de varias expediciones efectuadas a Groenlandia. Desde sus tiempos universitarios había viajado a esa región, que sencillamente lo tenía fascinado, y que a la postre iba a traerle funestas consecuencias.

Junto con su hermano Kurt, Alfred Wegener había efectuado en tierras groenlandesas “un vuelo en globo que duró 52 horas y media, un tiempo récord, para probar unos instrumentos”, refiere John Gribbin en Historia de la ciencia.   El vuelo lo realizó como parte de su trabajo para el Observatorio Aeronáutico Prusiano, ubicado en Tegel.

Más tarde, entre 1906 y 1908, se desempeñó como meteorólogo para una expedición danesa, que se adentró en Groenlandia; desde entonces, esa inmensa isla formaba parte de los dominios de Copenhague. Ahí había estudiado la circulación de las corrientes de aire en las capas altas, apoyado en los instrumentos probados durante su vuelo en globo.

Gracias a esas tareas, incluida la publicación en 1911 de un libro de texto de meteorología, que a decir de Manuel Lozano acabó imponiéndose “en todas las facultades de geología de Alemania”, fue que Weneger se había hecho un nombre en el mundo científico de su país. Eso le permitió obtener algunas cátedras en universidades como la de Marburgo, donde daba clases de meteorología y astronomía.

Pero para entonces ya había madurado en su mente la idea que lo haría pasar a la historia de la ciencia: la teoría de la deriva continental, que el investigador Juan Manuel Espíndola Castro no duda en calificar como revolucionaria. Veamos por qué.

 

Un enorme rompecabezas

Los libros suelen ser buenos medios para transmitir las ideas revolucionarias. Pasó con las de Copérnico y de Darwin, quienes reflejaron sus propuestas en sendas publicaciones que tuvieron una intensa circulación y un innegable impacto, no exento de polémicas, descalificaciones y reivindicaciones.

En el caso de Alfred Weneger, el libro en cuestión es El origen de los continentes y los océanos, aparecido en 1915, aunque las principales líneas argumentales ya las había concebido al menos un lustro antes.

Leamos lo siguiente, contenido en el texto de marras: “Los antecedentes de este libro no carecen totalmente de interés. Tuve la primera intuición de la movilidad continental ya en 1910, cuando, al contemplar un mapamundi, me impresionó la coincidencia de las costas de ambos lados del Atlántico; pero por el momento no hice caso de esta idea, que me pareció inverosímil”.

Inverosímil o cosa de locos, aunque en honor a la verdad no fue el primero en tener la misma peregrina idea. Varios antes que Wegener, incluidos geógrafos y cartógrafos y hasta personajes como Francis Bacon, habían saltado al ver cierta correspondencia entre la costa oriental de Sudamérica y la occidental de África. ¿Sería posible que en un pasado remoto ambos continentes hubieran estado unidos?            Eso pensó Antonio Snider-Pellegrini, quien en 1858 publicó La Création et ses mystères devoilés. En ese volumen “apareció publicado por primera vez un mapa en el que se unían los continentes de ambos lados del océano Atlántico”, consigna John Gribbin, quien agrega que Snider-Pellegrini también trató de explicar “las similitudes entre los fósiles hallados en yacimientos de carbón situados en lados opuestos del océano”.

El propio Gribbin acota que las reflexiones incluidas en La Création et ses mystères devoilés eran una mezcla heteróclita de misticismo y ciencia, toda vez que era fruto de especulaciones basadas… en la Biblia.

Otro personaje que circulaba en una vía semejante fue el geólogo austriaco Eduard Suess, quien argumentó que “hasta el final de la Era Paleozoica […] había grandes masas continentales —dos en el hemisferio norte y una o dos en el hemisferio sur— separadas por un brazo de mar que se dirigía de este hacia oeste, llamado Mar de Tetis. Suess creía que grandes segmentos de esas inmensas placas continentales se hundieron durante la Era Mesozoica, formando las cuencas oceánicas actuales, y que el Mar de Tetis fue cerrado por compresión durante el período Terciario, produciéndose entonces cadenas de montañas desde Marruecos hasta China. Los fragmentos que no se hundieron son los continentes actuales”, anotan Jorge Llorente, Nelson Papavero y Marcello G. Simoes, en La distribución de los seres vivos y la historia de la Tierra.

Sin embargo, fue Alfred Weneger el primero que se dio a la tarea de reunir pruebas científicas que respaldaran su idea principal: los continentes se desplazan, como una suerte de inmensas barcas de roca.

 

Continentes a la deriva    

Vayamos de vuelta al libro de nuestro personaje: “En el otoño de 1911 conocí, a través de un trabajo de síntesis que cayó en mis manos por casualidad, los resultados paleontológicos, para mí desconocidos hasta entonces, referentes a las primitivas conexiones continentales entre Brasil y África”.

Estas evidencias le “produjeron enseguida confirmaciones tan importantes que hicieron arraigar en mí el convencimiento de que eran básicamente correctas”. La teoría de la deriva continental se echaba a rodar.

¿En qué consiste esta idea? Básicamente, Wegener argumentaba que hasta hace unos 225 millones de años sólo había un supercontinente, al que bautizó como Pangea (toda la Tierra, por sus raíces griegas). Por razones que Wegener nunca pudo explicar -lo que acabaría relegando la teoría- Pangea se “desgajó en trozos que fueron derivando flotando (sic) por el magma hasta llegar a la situación actual”, resume Manuel Lozano. Ergo, los continentes se mueven… al menos de manera relativa.

Wegener comenzó la difusión de su teoría en un par de conferencias que dictó en Frankfurt del Main y en Marburgo en enero de 1912; ambas charlas fueron editadas en sendos informes y serían la plataforma de despegue para El origen de los continentes y los océanos.

La guerra, que todo lo trastoca, en este caso la Primera Mundial, alteró los planes de Wegener, quien recién casado, tuvo que alistarse en el ejército del káiser Guillermo II, para formar parte de la locura colectiva que arrastró y arrasó a pueblos enteros entre el verano de 1914 y el otoño de 1918.

Herido en los primeros combates, Wegener pasó la mayor parte de la lucha apoyando en lo que mejor sabía hacer: ciencia. Fue en ese lapso, en 1915, para ser precisos, que publicó su revolucionario libro, que para ser honestos pasó prácticamente desapercibido. No fue sino hasta su traducción al inglés, en 1924, cuando halló eco… y una multitud de críticas y polémicas, a pesar de las contundentes pruebas que aportaba en cada nueva edición.

 

Las pruebas

Si nos detenemos un momento a pensarlo, bien nos podría parecer absurdo que esto sobre lo que tenemos puestos los pies no sea sino una inmensa barca de rocas, que flota sobre un espeso océano de material fundido, que es la esencia de la teoría de la deriva continental.

Ustedes también podrían preguntarse qué andaba haciendo un meteorólogo en asuntos de geólogos y geofísicos. Esa misma pregunta se la hicieron los geólogos y geofísicos a Wegener, a quien tildaron de ocurrente y zafio, por andar diciendo que los continentes se mueven.

“Pamplinas”, alegó más de un notorio integrante del establishment científico de la época. De hecho, W. B. Scott, a la sazón presidente de la Sociedad Filosófica Norteamericana tachó a la deriva continental como un “completo disparate”, nos cuenta Diego Manuel Ruiz en Viaje al centro de la Tierra. Volcanes, terremotos, minería, basura, diamantes y petróleo explicados por la geología.

Pero el meteorólogo alemán era un científico muy persistente. Así que reunió varias evidencias que respaldaran su propuesta. Las pruebas recabadas se agrupan en tres grandes segmentos: estructuras rocosas, evidencias fósiles y climas antiguos.

Por ejemplo, además de que hizo ver que la costa oriental de Sudamérica parecía encajar en los bordes de la costa occidental de África, explicó que había rocas de tipo ígneo de 2,200 millones de años de antigüedad que se encontraban en esas mismas costas que compartían perfiles, es decir, África y Sudamérica.

Para mayor molestia de los geólogos, arguyó que había cadenas montañosas que parecían extenderse, por sus características, de un continente a otro. Tal era el caso de los Montes Apalaches, en Norteamérica, que mostraban una clara continuación en la costa del Norte de África; otro tanto ocurría entre las islas Británicas y las costas de Escandinavia.

En el caso de los fósiles, durante años se habían colectado restos de un animal llamado Mesosaurus, un “lagartón dentado al modo de los cocodrilos” (nos dice Lozano), cuyos fósiles se han encontrado dispersos entre la cornisa inferior de Sudamérica y la esquina izquierda de Sudáfrica. ¿Qué andaban haciendo esos animales en lugares tan distantes?

Wegener también encontró que los canguros australianos y las zarigüeyas norteamericanas (las mismas que aparecen en La Era de Hielo, como recordarán quienes hayan visto esa película) tenían ancestros en común. La única razón plausible para entender esta coincidencia es que los antecesores de ambas especies hayan convivido en un espacio común… cuando los continentes estaban cercanos.

Gracias a su especialización en el estudio de los climas antiguos, pudo advertir que “había datos fehacientes de capas de glaciares de la misma edad y en todo comunes no solo en el sur de África y Sudamérica […] sino también en la India y Australia”, asienta Manuel Lozano.

Finalmente, si bien su teoría de la deriva continental no fue aceptada en su tiempo, debido a que Alfred Wegener fue incapaz de explicar qué ocasionaba el desplazamiento de los continentes, con el paso de los años, otros científicos retomaron la idea y realizaron nuevos hallazgos, como la expansión del fondo oceánico, que supuso la generación de corteza oceánica, que ocupa la parte superior del macizo terrestre.

Fue entonces que se pudo comprobar que los continentes se mueven, aunque parezca cosa de locos… sin que lo sea.