Nuevos horizontes del Servicio Sismológico Nacional

 


Por Yassir Zárate

La Tierra es un planeta en constante movimiento. Además de fenómenos como la traslación en torno al Sol y la rotación sobre su eje, presenta una intensa actividad en su interior, a veces con consecuencias catastróficas, como sucedió tras los sismos de septiembre de 2017.

Varias teorías se han forjado sobre lo que hay y lo que ocurre bajo nuestros pies. Hasta ahora, la que ha arrojado resultados más consistentes es la llamada tectónica de placas. Se trata de una teoría que ve a la litósfera, que incluye a la corteza y la parte superior del manto, como un inmenso rompecabezas, formado por decenas de placas. Cada una de estas es un fragmento de la litósfera y hasta ahora se reconocen 58 de ellas, quince de las cuales son las de mayor extensión.

Los temblores cotidianos

Todos los días la Tierra se sacude. Los esfuerzos generados por el contacto entre las placas suelen acabar en la liberación de cantidades colosales de energía: las consecuencias inmediatas son las ondas sísmicas, cuyos efectos pueden llegar a ser catastróficos.

El 7 y el 19 de septiembre de 2017 ocurrieron un par de sismos cuyas secuelas se siguen sintiendo. La noche del 7 de septiembre, a las 23:49 horas, tiempo de la Ciudad de México, ocurrió un evento de magnitud 8.2, con epicentro en el Golfo de Tehuantepec, a 133 kilómetros al suroeste de Pijijiapan, Chiapas.

Doce días después, coincidiendo en el calendario con el ocurrido en 1985, a las 13:14, tiempo del Centro, tuvo lugar un terremoto de magnitud 7.1, a una profundidad de 57 kilómetros, y localizado a 12 kilómetros al sureste de Axochiapan, Morelos, en el límite con el estado de Puebla.

El faro en línea conversó con la Dra. Xyoli Pérez Campos, quien es jefa del Servicio Sismológico Nacional, organismo encargado de registrar el movimiento de las placas tectónicas, así como almacenar y analizar los datos generados por dichos registros, que depende directamente del Instituto de Geofísica de la UNAM, pero cuyos servicios se ofrecen a todo el país.

Un sismo se origina por un rompimiento y deslizamiento. Este rompimiento se da en el interior de la Tierra, dentro de las placas o entre las placas tectónicas. Se debe a que los esfuerzos se vencieron, se rompió el material y se deslizó, nos explica de entrada.

Para entender mejor los conceptos, Xyoli Pérez Campos acude a una analogía bastante ilustrativa sobre el origen y las consecuencias de los movimientos de tierra.

“Si quiero desplazar un mueble que está en contacto con un piso alfombrado, hay más fricción, y por lo tanto me cuesta más trabajo moverlo. El momento en que lo consigo es cuando se ocasiona el sismo. Lo mismo pasa en el contacto de las placas. Una en subducción con respecto a otra queriendo moverse; de repente lo consigue y entonces se da el rompimiento, el deslizamiento y se genera el sismo, que no es otra cosa sino la liberación de energía acumulada”, indica.

La también investigadora del Instituto de Geofísica de la UNAM explica que la energía liberada se traduce en ondas sísmicas, que son las que percibimos. La interpretación y estudio de estos fenómenos se aprecia a través de la teoría de la tectónica de placas, que da cuenta de la intensa actividad que manifiesta el planeta.

Los sismos de septiembre de 2017

sismosenmexicoEn el caso del terremoto de la noche del 7 de septiembre, hubo algunas características bastante singulares. De entrada, se trató de un sismo muy grande, ocurrido dentro de la placa de Cocos, y que tuvo un comportamiento anómalo en cuanto a la cantidad de réplicas.

En cuanto al ocurrido en Morelos, la jefa del Servicio Sismológico Nacional plantea una pregunta que ha interesado a científicos y a autoridades de todo tipo: qué tan cercano a la Ciudad de México se puede presentar un sismo como el ocurrido el 19 de septiembre del año pasado y qué tan grande puede llegar a ser.

“Ese sismo nos está dando luz en esa pregunta, que ya teníamos antes, aunque no habíamos visto un sismo más cercano como el del 19 de septiembre. Ahora que ocurrió nos dio elementos para responder a la pregunta. Sin embargo, se requiere de más análisis, de más estudios, de más modelos, pero nos ha encaminado en la respuesta a esa cuestión tan importante para la Ciudad de México y para la zona del centro del país, porque también afectó bastante al estado de Morelos”.

Con el paso del tiempo, y a golpe de sismos, hemos aprendido sobre el comportamiento y las consecuencias de estos fenómenos naturales, cuyas secuelas podrían costar miles de vidas y miles de millones de pesos por las pérdidas materiales, si no se toman las medidas de prevención.

Por el impacto que ocasionaron, el sismo de septiembre de 1985 fue un parteaguas en la historia de México. Desde entonces a la fecha, la sismología he tenido importantes aportaciones.

“Ha avanzado pasos enormes, empezando con los instrumentos. Los equipos con los que se registraba en el 85 con respecto a los que ahora se ocupan, son otro mundo, completamente diferente. Las operaciones hoy en día son en tiempo real. En aquel entonces precisar la localización y la magnitud de un sismo podía tardar horas. Hoy en día, en unos minutos ya sabemos dónde fue y de qué magnitud”, destaca Pérez Campos.

Estos avances también han permitido que el aprendizaje de los sismos sea mucho más rápido. Aunque ahora nos parece que en un año ya deberíamos tener respuestas rápidas, la ciencia no trabaja así. Puede tardar un par de años tener algunas respuestas. Antes eran cinco años o más, porque los datos tardaban en ser liberados, procesados, analizados y luego llevados a un artículo revisado por pares, que es cuando se valida lo que se está proponiendo como resultado.

Hoy en día los datos están en tiempo real; son procesados y analizados muy rápidamente. Esto permite presentar reportes que se ponen a disposición de los pares de los investigadores; así se permite una discusión académica, “y en un año ya estamos viendo resultados, algunas de las primeras respuestas respecto a lo que pasó en los sismos importantes. Es otro ritmo, otros tiempos”, abundó.

Amplia red

Para cumplir con su misión, el Servicio Sismológico Nacional cuenta con 63 observatorios sismológicos, que van desde Tijuana hasta Quintana Roo. También opera 32 estaciones sismológicas, ubicadas en el Valle de México y tres estaciones instaladas en el volcán Tacaná, en Chiapas. En total se trata de 98 puntos.

“La mayor parte de nuestras estaciones se encuentran ubicadas en el centro-sur del país, en los estados de Guerrero y Oaxaca, porque originalmente se había diseñado una red para monitorear la sismicidad de la costa del Pacífico mexicano, por ser la zona más activa, que afectaba al centro del país. Ahora lo que estamos buscando es tener una cobertura más homogénea, y por eso la cantidad de estaciones va a crecer, y va a crecer en lugares donde antes no teníamos estaciones, por ejemplo, los estados del noreste o inclusive en la Península de Yucatán”, externa.

Hasta ahora, las únicas entidades federativas sin estaciones sismológicas son Tlaxcala y Tabasco, aunque en breve contarán con equipos, ya que la meta es incorporar a todos los estados.

Con unas instalaciones relativamente recientes, que ocupa desde el 21 de septiembre de 2015, el Servicio Sismológico Nacional incorporó nuevas formas de trabajo. Fue así como actualizaron todos sus servidores de adquisición y de procesamiento, así como de visualización. Antes, lo que se usaba eran pantallas pequeñas, con monitor de computadora y se tenía en operación los sismógrafos analógicos, donde uno podía ver en papel cómo iba dando vueltas y registrando. Eso era demostrativo, porque realmente ya no era parte de sus operaciones analizar los datos en el papel.

¿Pero qué es lo que registra el Servicio Sismológico Nacional?: “Nosotros recabamos la información de tres instrumentos. Uno es un sismómetro, que es la información clásica de un sismólogo o con lo que trabaja un sismólogo, que son los datos de la velocidad con la que se mueve el terreno. Tenemos un acelerómetro, que obviamente mide la aceleración con la que se mueve el terreno y otro es GPS, que ha venido a revolucionar muchas áreas de la ciencia, entre ellas la sismología, porque nos permite medir en tiempo real el desplazamiento, ya no la velocidad ni la aceleración”, asentó.

Ese desplazamiento permite visualizar deformaciones a largo plazo, pero también variaciones en el momento y a muy corto plazo.

“La ventaja de los GPS es que la señal que adquieren no sólo es de posición, sino que hay muchos otros parámetros involucrados en esa toma de datos. Y todos esos parámetros llegan como paquete hasta nosotros y pueden ser utilizados desde para medir el contenido de vapor de agua y ser útil para la gente que se dedica a pronóstico meteorológicos de lluvia y demás, hasta la gente que se está dedicando a análisis de clima espacial para ver el contenido de electrones en la ionósfera.

Las estaciones y monitoreo del Servicio apoyan a más usuarios, y no solo en el aspecto sismológico.

Por otra parte, y para cerrar la entrevista, la investigadora universitaria insiste en que por el momento es imposible predecir cuándo ocurrirá un sismo o la magnitud que tendrá, aunque los sismólogos siguen desarrollando ideas, que se traducen en nuevos equipos de medición.