Grandes Maestros

Silvia Torres-Peimbert

En esta oportunidad conversamos con la doctora Silvia Torres-Peimbert, investigadora emérita del Instituto de Astronomía, cuya brillante carrera le ha hecho acumular reconocimientos como el otorgado por la Unesco a las mujeres en la ciencia.

Silvia Torres-PeimbertLa lectura ha sido una de sus compañeras inseparables. De niña, ahorraba lo que sus papás le daban para comprar las novelas de Emilio Salgari, el escritor italiano que creó a Sandokan y a muchos otros osados personajes.

Silvia Torres-Peimbert (Silvia Torres Castilleja) es investigadora emérita del Instituto de Astronomía de la UNAM, quien en esta oportunidad comparte con Grandes maestros de El faro algunas de las anécdotas que llenan su hoja de vida.

Voraz lectora de novelas de aventuras

Originaria de la ciudad de México, donde nació en 1940, Torres-Peimbert refiere que fue la menor de tres hermanas, y que gozó de “una infancia muy tranquila, muy sin incidentes”, de la que conserva pocos pero agradables recuerdos. De aquellos días tiene presente los cuidados que le dio una de sus abuelas, quien cuidó a las tres niñas Torres Castilleja. “Fue la que nos atendió en lo cotidiano de alguna manera, tengo excelentes recuerdos de ella”, refiere, aunque también anota que contó con los cuidados de su madre, quien dejó de trabajar formalmente cuando nació Silvia.

Desde pequeña tuvo una particular afición por la escuela, pero sobre todo por la lectura. “En algún momento descubrí que había libros, algunos de los cuales eran maravillosos. Los que me encantaban eran los de aventuras, particularmente los de Emilio Salgari, que eran toda una colección de piratas y de aventureros. Yo juntaba mi dinero para comprar libro por libro y lo disfrutaba inmensamente; eso sí fue mi pasión”.

Y añade que “desde principio del curso de cada año terminaba por competo el libro de lectura que había, que no era todavía el texto único; cada escuela tenía distintos, pero todos me parecían muy interesantes”.

De Salgari y sus personajes ubicados en escenarios exóticos, como los Mares del Sur, la pequeña Silvia pasó a las obras de Julio Verne, el visionario escritor de ciencia ficción, que acabó por convertirse en un profeta de la tecnología, al anticipar la llegada de aparatos como los submarinos o los cohetes espaciales.

De alguna manera, asomarse a la obra de Verne la acercó al mundo de la ciencia y la tecnología, aunado a que tenía un gusto particular por las matemáticas, la base de todas las ciencias.

Rememora que cursó la primaria en el Instituto Columbia, “que era el anexo del Colegio Americano”, de donde pasó a la Escuela Secundaria número 18, lo que representó un cambio para ella.

El paso por San Ildefonso

Buena parte de los investigadores de la generación a la que pertenece, y que estaban afincados en la ciudad de México, cursaron el bachillerato en las aulas de la Escuela Nacional Preparatoria, ubicada en el corazón de la capital de la República.

Por supuesto este fue el caso de la ahora investigadora de la UNAM, quien advierte que el nivel medio superior “fue un mundo distinto. En la Escuela Nacional Preparatoria nos trataban como adultos. La familia ya no participaba y yo me sentía una mujer muy realizada, muy completa. San Ildefonso estaba en el centro y el ingreso era muy temprano, pero lo disfruté inmensamente”.

Como habitualmente ocurre con casi todos nosotros, el bachillerato sirve para afinar nuestra vocación. En el caso de Torres-Peimbert, su elección oscilaba entre la química y la física. “Me seguía interesando mucho la química, y yo quería estudiarla. Desde secundaria, una profesora de tercero nos enseñó lo interesante, lo agradable y lo apasionante que podía ser la química y me llamó muchísimo la atención, por lo que pensé inscribirme en química; de hecho, fui a estudiar a la Escuela Nacional Preparatoria para ser química, pero ahí me enteré que estaba la carrera de física y me dije “Bueno, y por qué no me voy a física, si también me siento muy bien, me gusta”. Era mi vocación de alguna manera, sentía las materias, me gustaba mucho y tenía buenos resultados. Me sentía muy bien”.

Rumbo a la UNAM

Cuando Silvia Torres llegó a Ciudad Universitaria, las carreras científicas se impartían en la Facultad de Ciencias, junto a la Torre de Ciencias, a la que ahora se conoce como Torre II de Humanidades, ubicada en el corazón de la Ciudad Universitaria. Sobresalían la escultura de Prometeo y los impresionantes murales.

Para la futura investigadora el arribo a la universidad significó un giro total a su vida, marcada por la convivencia con sus compañeros y por las lecciones que recibía de sus profesores. En el curso de su formación como física, optó finalmente por especializarse en la astronomía.

Gracias a un ambiente familiar propicio, Silvia Torres pudo dedicarse sin mayor problema a cursar una carrera científica. Su padre fue un médico militar de espíritu humanista, preocupado porque sus tres hijas contaran con una formación que les permitiera llevar una vida sin carencias, como la que padeció él, particularmente durante el periodo posterior a la Revolución iniciada en 1910.

En este punto de su historia, Silvia Torres resalta el talante compasivo de su padre: “Él atendía a gente muy humilde y no les cobraba, pero también atendía a gente rica y tampoco les cobraba, por cierto, porque esa era su pasión”.

De su madre refiere que “le gustaban más el arte y la literatura, los conciertos, el ballet, en fin; ella nos indujo a esas actividades artísticas. Le interesaba mucho más la cultura y ella favoreció que yo estudiara lo que yo quisiera, y tuve la oportunidad de estudiar lo que yo quise”.

Esta libertad contrastó un poco con la formación que tuvieron las dos hermanas de la investigadora. “A ellas las condujeron a tener carreras secretariales, que eran más rápidas y de buenos ingresos; ellas se prepararon mejor en el inglés y en aspectos secretariales y de contabilidad. Y efectivamente, pronto empezaron a trabajar y a tener dinero propio. Yo tuve la libertad de seguir mi vocación, lo cual fue buenísimo”, refiere.

Estudio y trabajo

Una vez en la Universidad Nacional, la vida de Silvia Torres cambió drásticamente. Inició una serie de “nuevas experiencias”, haciendo frente a “materias complicadas” que demandaron su mayor esfuerzo. Incluso, acepta que le “costó mucho trabajo el primer año. Me costó un gran esfuerzo entender, adaptarme al nuevo ambiente, pero una vez que pasaron quizá seis meses, ya estaba totalmente inmersa en la facultad y disfrutando inmensamente de ese edificio tan hermoso, tan amplio, tan lleno de luz, con los salones en desnivel donde todo era muy amplio. En fin, fue una época maravillosa”.

En esta transición encontró por fin el terreno que iba a recorrer profesionalmente: la astronomía, que entonces se ofrecía como una materia optativa dentro de la carrera de física. Y aunque en un principio no estaba dentro de su lista de materias a cursar, le atrajo la complejidad de la disciplina.

“Entré al curso por curiosidad, y me encantó, porque en los problemas que nos asignaban, aprovechaba el conocimiento previo que yo tenía de física y de matemáticas; esto es, los problemas de Astronomía requerían que yo usara conocimientos varios que tenía en distintas partes del cerebro, que había aprendido en diferentes cursos, pero que yo no los había interconectado previamente”.

El rendimiento mostrado por la joven estudiante llamó la atención de sus profesores, lo que le permitió desarrollar sus habilidades. A inicios del segundo año de la carrera, fue invitada a ser ayudante de investigador en el Observatorio Astronómico Nacional, (así se llamaba en ese entonces el Instituto de Astronomía); el trabajo se realizaba en el campus universitario, y aunque el salario era bajo, las obligaciones eran moderadas, pero se trataba de una oportunidad única.

Para ese momento ya tenía trato con varios de los referentes de la astronomía mexicana. “El maestro Guillermo Haro, el doctor Arcadio Poveda y la doctora Paris Pishmish tenían el propósito de captar estudiantes, y aunque el nombramiento era por cuarenta horas, nos pedían que estudiáramos, que sacáramos adelante la carrera y que cumpliéramos con veinte horas de trabajo. Eso me hizo sentirme tan importante, además de tener mi propio dinero, aunque representaba tener obligaciones formales por la tarde, que era el horario que teníamos disponible”.

Esa tarea la desempeñaba bajo la dirección del doctor Eugenio Mendoza, con quien comenzó a colaborar en 1959, “por eso tengo una enorme antigüedad aquí en la Universidad”, apunta.

Un dato interesante es que la doctora Torres-Peimbert trabajó con la primera computadora que llegó al país, la IBM 650, de la que ya hablamos alguna vez aquí en El faro. Este detalle es significativo, debido al papel que ha tenido el cálculo complejo en el trabajo desarrollado por la investigadora.

Estancia en California

Desde el primer año de la carrera ya era amiga de quien iba a convertirse en su esposo, Manuel Peimbert Sierra, aunque se hicieron novios hasta el tercer grado.

En esos momentos el maestro Guillermo Haro estaba muy preocupado por preparar a nuevos investigadores. Pensaba que era muy importante que los estudiantes salieran al extranjero, porque había pocos científicos en México; sentía que si se quedaban en el país seguirían las mismas rutas, con las mismas enseñanzas de los maestros. Era importante, entonces, conocer otras áreas, otras disciplinas, otras formas de trabajar. Así, una vez finalizada la licenciatura, Silvia Torres y Manuel Peimbert, ya para entonces casados, consiguieron el apoyo del Instituto Nacional de la Investigación Científica, antecedente directo del CONACyT.

“Nos otorgaron una beca y nos fuimos a estudiar. Sentíamos la responsabilidad y el compromiso personal de regresar a nuestro país y a nuestra universidad. Fuimos de la segunda camada de becarios que salió al extranjero; entonces eran muy pocos. Estoy hablando cuando mucho de veinticinco en todas las disciplinas”, rememora.

Ambos ingresaron a la Universidad de California, en Berkeley; esta decisión fue muy afortunada, pues además de tener un grupo de astronomía de muy alta calidad ofrecía un panorama cultural extraordinario.

Para obtener el doctorado, escribió una tesis sobre “Modelos de evolución de estrellas a las que se les atribuyó una composición química anómala, con mayor proporción de elementos pesados que el Sol, (estrellas super-ricas-en-metales). Tambien se buscaba entender el comportamiento de dos cúmulos galácticos a los que se les atribuyeron estas mismas propiedades”, y como buena tesis que era, le costó “un gran esfuerzo, especialmente la redacción del texto”.

Aportaciones en el campo de la astronomía

De vuelta en México, Torres-Peimbert continuó con sus investigaciones, aunque tan solo un par de años más tarde comenzó a dar clases, una actividad que, confiesa, siempre le ha gustado, aunque admite que “es una labor muy demandante, pero también muy satisfactoria. Los estudiantes cuestionan o retan al maestro, y eso es importante porque hay que estar atento a contestar, a atender sus solicitudes. Me rejuvenece dar clases. Yo siempre digo que los estudiantes y mis hijos son los más críticos; y creo que esto me ha mantenido alerta”, acota.

Sobre sus aportaciones en el campo de la astronomía, apunta que desde su época de estudiante sugirió un modelo sobre el interior del Sol para revisar la propuesta del flujo de neutrinos esperados de este astro; también se le reconocen sus aportaciones sobre la composición de las nebulosas, que han permitido identificar la química del Universo.

Ha investigado sobre la “abundancia química de las nubes gaseosas, de las nubes de gas caliente que están cerca de estrellas calientes y que nos han permitido determinar la abundancia de los elementos químicos de la materia que hay entre las estrellas”.

Establece que esos gases son una huella del pasado. “Nos cuentan la historia de lo que ha sucedido, porque según sea la posición en la galaxia, se encuentra que hay diversidad de comportamiento en cuanto al grado de procesamiento del material por las estrellas. También se deriva en otras galaxias el grado de participación de las estrellas en modificar el gas que ahora observamos. Se pueden determinar la proporción de los distintos elementos químicos en distintas épocas del Universo. Es decir, podemos reconstruir la historia de las galaxias; estamos haciendo arqueología de las galaxias”.

Parte de lo que ha ido descubriendo Torres-Peimbert se puede leer en un libro que escribió al alimón con Julieta Fierro, titulado precisamente Nebulosas planetarias: la hermosa muerte de las estrellas.

Por Silvia Torres-Peimbert

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