El gran eclipse norteamericano

El pasado 8 de abril fue el día más corto en la historia de Mazatlán. Y también la noche más breve: apenas cuatro minutos, de las 11:07 a las 11:11, hora local.

Por Yassir Zárate Méndez – 

Dr. José de Jesús González González, investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM (IA)

La noche, en medio de la mañana, cayó sobre el puerto enclavado en el Pacífico mexicano; cientos de aves y de otros animales, quizás desconcertados, se aprestaban a dormir. Al mismo tiempo, en la Plaza Ciudades Hermanas, miles de personas apuntaban hacia el cielo sus teléfonos celulares, mientras que en una enorme pantalla se veían las imágenes de cómo la Luna cubría al Sol. Por su parte, decenas de científicos observaban, tomaban datos, se entusiasmaban. Y es que estaban viviendo en directo el gran eclipse norteamericano.

A poco más de 800 kilómetros de distancia, en las Islas de Ciudad Universitaria, se efectuaba un picnic, el Picnic bajo la sombra, que por segunda ocasión organizó la Universidad Nacional, como parte de las actividades de divulgación científica relacionadas con este fenómeno. Ante decenas de personas congregadas en las Islas, el Dr. José de Jesús González González, investigador del Instituto de Astronomía de la UNAM (IA), abrió una serie de charlas en torno a los eclipses, esa danza celestial entre la Tierra, el Sol y la Luna, que sigue fascinándonos por la espectacularidad de sus efectos. 

Raíces griegas y felices coincidencias 

De entrada, González precisó que el término eclipse tiene una raíz léxica griega, que significa “desaparecer, abandonar, oscurecer”. En esencia, un eclipse implica el “ocultamiento de astros”. A partir de esta definición, se amplía el horizonte de fenómenos. A los habituales eclipses solares y lunares, se suman otros eventos, como los tránsitos de Venus y Mercurio sobre el disco del Sol o los de las lunas Deimos y Fobos de Marte. 

“También tenemos estrellas que se llaman eclipsantes, además de ocultaciones de planetas y estrellas, que hoy en día las identificamos con alta precisión. También hay ocultaciones de objetos lejanos del sistema solar en estrellas”, explicó al auditorio que se dio cita en las Islas de Ciudad Universitaria. 

Ahora bien, los eclipses solares que podemos apreciar son el resultado de una concurrencia maravillosa de la naturaleza: una de diámetros y de distancias. Como sabemos, el Sol es muchas veces más grande que la Luna, algo así como 400 veces más grande; sin embargo, se da la feliz coincidencia de que está 400 veces más lejos de la Tierra con respecto a la Luna (, “un poquito menos”, apuntó el Dr. González). Y esa feliz coincidencia (feliz, porque nos permite disfrutar de este imponente fenómeno) hace que el diámetro aparente de los dos sea igual. Eso permite ocultar totalmente el disco del Sol —o eclipsar, si recordamos el significado de la palabra en griego. 

Por otra parte, este factor de equivalencia de distancias y de diámetros no se ha dado siempre; en realidad se trata de un fenómeno transitorio también, aunque a escalas astronómicas. “Es un fenómeno que puede durar varios miles de millones de años, pero como cambia la órbita de la Luna y se va alejando, esta coincidencia tiene un periodo finito, aunque desde el punto de vista de la especie humana es un fenómeno que ha estado presente en toda nuestra vida”, agregó el investigador universitario. Ahora sabemos que este tipo de eclipses, como los de Sol y de Luna, se dan porque durante el periodo de la Luna alrededor de la Tierra, en dos ocasiones se alinean el Sol, la Tierra y la Luna; este proceso se llama una lunación. 

La eclíptica y la órbita lunar

Llegados a este punto, salta la pregunta: ¿por qué no tenemos dos eclipses cada mes? La respuesta la encontramos en el plano de la órbita de la Luna, que se encuentra inclinado con respecto al plano de la órbita del Sol y la órbita de la Tierra alrededor del Sol, que precisamente se llama eclíptica. Ahora sabemos que la Luna no orbita exactamente en el mismo plano en que la Tierra lo hace alrededor del Sol. La órbita lunar está ligeramente inclinada en relación con la eclíptica.

Esta inclinación es de aproximadamente cinco grados. Debido a dicha desalineación, la Luna no siempre cruza la sombra de la Tierra que, como ya hemos visto, es crucial para la aparición de eclipses. El Sol, la Luna y la Tierra deben estar en línea recta, con la Luna entre el Sol y la Tierra. El desplazamiento del Sol, la Luna y la Tierra hacen que los tres cuerpos se alineen entre dos y cuatro veces al año, aunque no siempre se dan las condiciones necesarias para que ocurra un eclipse solar total, como el del 8 de abril. 

Solamente cuando la Luna gira sobre su órbita un poco inclinada, está cerca de este plano, es entonces cuando se pueden dar los eclipses; por eso no tenemos eclipses cada 15 días. Además, las distancias cambian poco a poco. La distancia media de la Luna a la Tierra varía en un 10%, de 365,000 kilómetros a aproximadamente 400,000. Por esa razón, la Luna se ve más grande o más pequeña, y por eso también el tipo de eclipses que se produce son distintos, con lo que pueden ser parciales, totales o anulares.

La ciencia detrás de los eclipses

Desde el punto de vista científico, los eclipses han sido particularmente relevantes. Por ejemplo, han permitido determinar las distancias relativas al Sol y la Luna, como hizo el astrónomo griego Hiparco hace 2,000 años. Por otra parte, la observación de la corona solar —una capa muy grande que tiene un tamaño varias veces el del diámetro del astro y que es muy tenue, pero muy caliente—, permitió hacer estudios químicos, desde al menos el siglo XIX; eso dio pie al hallazgo de “nuevos elementos químicos y también se descubrió que esa parte del Sol estaba a millones de grados”, puntualizó el investigador del IA.

Estudiar los eclipses también nos permite entender el funcionamiento y la estructura del sistema solar, para la verificación de teorías, como la relatividad. “Durante un eclipse se pudo demostrar que la luz se dobla alrededor del Sol y eso confirmó la predicción de Einstein”, agregó el Dr. González. 

Asimismo, sirve para descartar otras teorías. Por ejemplo, durante mucho tiempo se pensó que, para entender una anomalía en la órbita de Mercurio, hacía falta otro planeta, al que incluso se le puso un nombre: Volcano. Ese hipotético planeta escapaba a nuestra observación debido a que siempre estaba del otro lado del Sol. “Durante los eclipses se buscó y se vio que no existía. Hoy sabemos que esta anomalía la explica la teoría de la relatividad”, apuntó González González. 

Por otro lado, y esto es muy importante, con la predicción de los eclipses nos hemos dado cuenta que varían. Muchas veces, desde hace algunos siglos, se veía que había pequeños cambios y esto se debe a que la distancia de la Luna a la Tierra cambia; la Luna se va alejando y esto hace que los eclipses no coincidan exactamente como se esperaba. Esa diferencia de lo que se espera, con lo que ocurre exactamente durante el eclipse, nos permite estudiar con mucho detalle cómo varía la distancia de la Tierra a la Luna y, por ende, también la duración del día. 

“Que podamos predecir como especie la secuencia de los eclipses, representa una demostración del gran poder y del entendimiento de los ciclos básicos para nuestra vida en la Tierra; es demostrar cómo el saber nos puede dar poder; el saber es realmente el verdadero poder”, expuso.

De paso, recordó que muchas culturas se han interesado en los eclipses; muchas los han registrado y estudiado, pero muy pocas han descifrado sus ciclos. Varias culturas en Mesoamérica lo lograron, gracias a observaciones meticulosas, efectuadas durante mucho tiempo. “Por eso el calendario maya pudo descubrir lo que ahora conocemos como ciclos de Saros y los cambios en ellos. También se han utilizado para planear o para marcar eventos de relevancia humana; algunas batallas se han planeado con respecto a la predicción de eclipses o eventos importantes para reinados. Hay muchísima relación con la vida humana, además de la que queramos nosotros hacer de conexión”, reseñó el investigador. 

Efectos

En cuanto a los efectos que tiene un eclipse sobre nosotros, apuntó que “es prácticamente nada, que sea diferente al ciclo que mes a mes tenemos con las mareas, porque, aunque no haya eclipse, cada mes vuelve a estar la Luna muy cerca del Sol”. Recordemos que la inclinación de las dos órbitas es solamente de cinco grados; la Luna nunca va a estar más lejos de cinco grados del Sol durante la luna nueva. Es casi un eclipse. Además, es muy gradual, no hay un efecto similar al de, por ejemplo, el que ocasionan los sismos. Lo que sí es muy importante es no ver el Sol directamente, recalcó. 

Fuera de los efectos que puede tener si no hacemos una observación directa con las herramientas e instrumentos adecuados, no hay un efecto físico repentino que nos afecte; sin embargo, sí reaccionamos a la luz y por eso es interesante en estos eventos ver cómo responde la naturaleza y nosotros mismos ante esos fenómenos, pero “no hay nada de qué asustarse, ni catástrofes, ni nada de ese tipo”, refirió el Dr. José de Jesús González.

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