Punto de vista

Nuestro día de suerte

“Hoy es su día de suerte, señor Gorsky” es una frase que se atribuye a Neil Armstrong, quien la habría dicho cuando volvió al módulo lunar, tras su histórica caminata en la Luna. La anécdota alude a una disputa conyugal entre el señor y la señora Gorsky, supuestos vecinos de Armstrong durante la infancia del futuro astronauta. La historia cuenta que el pequeño Neil habría escuchado la conversación en la que la señora Gorsky le decía a su marido que lo que él pretendía llegaría a suceder solo cuando “El hijo del vecino caminara sobre la superficie de la Luna”.

Tres décadas después, Armstrong cumplió lo que en su infancia parecía totalmente imposible.

Esta anécdota, aunque falsa, ilustra los alcances que nuestra especie puede lograr cuando se combinan sus aspiraciones con un programa sólido y con metas definidas. Si bien el hecho de que Neil Armstrong fuera el primer ser humano en caminar sobre la superficie de la Luna es fortuito –pues pudo ser él o cualquiera de sus compañeros astronautas igualmente calificados–, tal caminata fue el resultado de un proyecto coherente y con metas de grandes miras: el programa espacial de los Estados Unidos de América. Esta iniciativa logró producir los avances científicos y tecnológicos necesarios para lograr la hazaña. 

Con pocas y notables excepciones, en México la planificación para alcanzar metas de gran envergadura en el ámbito de la ciencia y la tecnología es muy escasa. El énfasis de la inversión pública en el rubro durante las últimas tres décadas ha sido la formación, prácticamente aleatoria, de cuadros altamente especializados, sin que esta formación sea acompañada de planes de largo aliento que aprovechen los conocimientos de tales cuadros incorporándolos al desarrollo de líneas estratégicas de investigación. El resultado es que la eventual contribución de los mismos a la solución de problemas en distintas áreas, tanto en ciencia básica como en el desarrollo de tecnología, ha seguido el mismo patrón aleatorio.

A pesar de la ineficiencia intrínseca de un desarrollo azaroso, en la actualidad el país cuenta con una masa crítica de investigadores de alto nivel, diseminados en universidades y centros de investigación. Estos cuadros mantienen contacto con investigaciones en el plano internacional, lo que en general les ubica en la punta de los avances de sus respectivas áreas. Tal posición es pocas veces potenciada, pues las aportaciones de estos investigadores tienen un carácter que, si bien pueden ser relevantes, están ubicadas dentro de contextos dominados por grupos más fuertes, pertenecientes a los países que invierten recursos sustanciales en su quehacer científico. Esto se traduce en el aislamiento y poca visibilidad de los grupos nacionales.

A todas luces parecería deseable reunir las habilidades de estos investigadores en torno a proyectos de relevancia nacional e internacional, empujados desde el país, que busquen respuestas a preguntas trascendentes a lo largo de líneas estratégicas. Un paso que apuntaba en esa dirección fue tomado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología hace una década, con la creación de las redes temáticas de investigación. Aunque establecidas a partir de proyectos de gran envergadura que aglutinaban una cantidad importante de investigadores alrededor de temas específicos, y con el propósito de orientar el plan nacional de ciencia y tecnología, es justo decir que estas redes han sido poco aprovechadas para lograr la definición de tales líneas estratégicas. Más aún, su financiamiento ha resultado ineficiente e incierto, pues los recursos asignados para emplearse en un año se entregan y deben usarse durante el último tercio del mismo, es decir, no propician la planificación multianual que cualquier proyecto de largo alcance requiere.

La impresión general que proyectan este y otros ejemplos de acciones tomadas por las agencias nacionales y locales, encargadas de la administración de los recursos para el desarrollo de la ciencia y la tecnología, es que hay un error en el diseño institucional de la política científica.  Si bien algunas de estas acciones obedecen a reglas impuestas por el sistema administrativo federal o local, lo cierto es que no se ha hecho el esfuerzo necesario para que las reglas de operación cambien y se reconozca al desarrollo científico y tecnológico como una actividad que requiere un marco jurídico especial. Este error de diseño incluye la falta de definición de las líneas estratégicas, los mecanismos de evaluación internacional para establecerlas y la consecuente planificación dentro de las mismas de los temas a financiar a mediano y largo plazo con carácter prioritario.

También debe advertirse que la definición de líneas estratégicas para el desarrollo de proyectos de gran envergadura, no implica la eliminación de la investigación en otras áreas. Sin embargo, sí incluye una mayor competencia por recursos, lo que en un ambiente de escasez puede producir sesgos en las evaluaciones. La competencia entre proyectos es benéfica, siempre y cuando las evaluaciones se hagan con los mayores estándares. Una manera de propiciar que tales estándares alcancen mejores niveles, es contar con un porcentaje significativo de evaluaciones internacionales. El sistema requiere también ser lo suficientemente flexible para reconocer que lo que hoy en día es un área emergente, puede convertirse con el tiempo en una línea estratégica. Esto significa evaluaciones periódicas de los logros de la investigación de las líneas estratégicas, así como la apertura periódica de otras líneas.

Hay que enfatizar que no debe parecer inalcanzable la aspiración de contar con planes de desarrollo científico o con la definición de metas y programas coherentes que trasciendan el tiempo de vida de una administración. Ejemplos de este modelo de organización hay en muchos países cuyas economías son tanto más desarrolladas como similares a la nuestra. La manera en que la planificación funciona involucra que dentro de cada línea estratégica se elabore un plan de acción, con recomendaciones concretas de proyectos a ser impulsados; de hecho, muchos de ellos ya están, como los correspondientes a las redes temáticas de investigación. Puesto que las líneas ya fueron reconocidas como estratégicas, el Estado se comprometería a otorgar recursos sustanciales para implementar esas acciones, previa evaluación y recomendaciones por parte de un panel de expertos a nivel internacional.

Ahora que se han efectuado reformas estratégicas en sectores tan importantes como el energético y el económico, vale la pena recordar que otro sector igual de relevante es el de la ciencia y la tecnología. Es por lo tanto deseable considerar una reforma no solo del marco administrativo y jurídico, que incluya el financiamiento sostenido de esta actividad sustancial, sino también de la metodología empleada para definir, evaluar y aplicar proyectos de gran aliento, con grandes alcances a lo largo de líneas estratégicas.

Todos los avances científicos y tecnológicos que hoy son tanto motivo de admiración como de uso cotidiano, comenzaron con la curiosidad y la visión de sus desarrolladores. Sin embargo, ninguno de ellos podría haberse logrado sin la planificación adecuada de metas de largo plazo. Si podemos propiciar que quienes hoy en día toman las decisiones en política científica emprendan los cambios adecuados, todos estaremos de suerte y habremos puesto las bases para cosechar, más temprano que tarde, los frutos de esa planificación.

por: Alejandro Ayala Mercado. Instituto de Ciencias Nucleares, UNAM

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