Las consecuencias económicas del cambio climático

El cambio climático tiene un fuerte impacto en la economía. Tanto a escala global como a nivel de las regiones o de las comunidades, las alteraciones en los patrones climáticos repercuten en las actividades productivas, generadoras de riqueza y, por ende, de desarrollo y bienestar.

Por Yassir Zárate Méndez  – 

El actual sistema de producción, basado en el uso intensivo de combustibles fósiles, cuya quema genera gases de efecto invernadero, se encuentra en la raíz del cambio climático.

Entrevistado por El faro, el doctor Armando Sánchez Vargas, del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM (IEEc), ofrece un panorama de las repercusiones que acarrea este fenómeno, con una detallada radiografía estadística, al tiempo que esboza algunas propuestas para encontrar la salida al atolladero en el que nos hemos metido.

De entrada, Sánchez Vargas sostiene que

“se ha podido verificar que el cambio climático está fuertemente asociado al modelo de crecimiento mundial actual que ha estado basado en el uso de energías no renovables y combustibles fósiles (como petróleo, y sus derivados, gas y carbón), que implican la emisión de gases de efecto invernadero. Tanto el bióxido de carbono, proveniente de las chimeneas de fábricas y de los motores de combustión con los que están dotados la mayoría de los medios de transporte, como el gas metano, que emana en grandes cantidades de los rellenos sanitarios y de la actividad ganadera, son elementos que contribuyen de forma preocupante al cambio climático”.

Datos duros

El doctor Sánchez Vargas admite que:

“el cambio climático tiene muchos impactos, asociándose con eventos extremos. Tiene grandes repercusiones en desastres naturales con costos enormes para la economía”.

Dichos costos se dan a nivel del Producto Interno Bruto, aunque acepta que es difícil evaluar el impacto final, estimándose una pérdida de 1%  a nivel mundial. Además, en la ocurrencia de eventos extremos, como huracanes y sequías, se agrega el factor de la pérdida de vidas humanas.

De acuerdo con una investigación publicada en 2010 por Arantxa Gar-cía Gangutia y Celia Barbero Sierra, trabajo citado por el doctor Sánchez Vargas en el libro El cambio climático y la pobreza en el Distrito Federal,  se estima que 300,000 personas mueren cada año a consecuencia del cambio climático, 325 millones sufren sus efectos y las pérdidas económicas anuales equivalen a 125,000 millones de dólares.

Un reporte emitido en 2005 por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimen-tación y por el Instituto Internacional para el Análisis de Sistemas Aplicados, y que también es retomado por el investigador del IEEc, refiere “que 65 países en desarrollo podrían perder hasta 280 millones de toneladas de la producción de cereales, con un valor estimado de 56,000 millones de dólares, como consecuencia del calentamiento global, lo cual no solo implica un riesgo evidente para la agricultura de dichos países, sino también en lo que respecta a la seguridad alimentaria mundial”.

Y añade que “estos cambios podrían tener severos efectos negativos sobre los niveles de pobreza de las zonas afectadas que se reflejan en problemas tales como inseguridad alimentaria, deterioro de la salud, escasez de agua, pérdida de los bosques y de la diversidad biológica e inestabilidad social y política”.

Incremento de la pobreza

En paralelo a estos escenarios, se desarrollarían situaciones relacionadas con otros aspectos del bienestar. En este contexto, se reconoce que “los recursos naturales son el único medio del que disponen tres cuartas partes de los hogares pobres del mundo (825 millones de personas) para crear riqueza; su pérdida acelerada podría dejar sin sustento a estas personas, agravando su situación”.

Así, siguiendo la pista de las proyecciones climáticas, Sánchez Vargas retoma que “los efectos del cambio climático (debido a actividades humanas) tendrán costos económicos inmediatos tales como la reducción de la productividad agrícola en las regiones tropicales y subtropicales, la disminución de la cantidad y la calidad del agua en la mayoría de las regiones áridas y semiáridas, el aumento de ciertas enfermedades como el paludismo, el dengue, la malaria y otras, y, finalmente, efectos adversos en el funcionamiento de los sistemas ecológicos y su biodiversidad”.

También recoge los pronósticos sobre el aumento del nivel del mar, “asociado al incremento de temperatura proyectado, [lo que] podría provocar el desplazamiento de decenas de millones de personas. Aún más, se estima que si a nivel mundial se siguen utilizando combustibles fósiles a las tasas actuales, las temperaturas globales se incrementarán de 2.4 grados centígrados a 6.4 grados centígrados y el derretimiento de los glaciares y los polos provocará un aumento de entre 0.09 y 0.88 metros del nivel del mar para el año 2100”.

Alternativas de solución

Para el investigador del IEEc, la solución del problema pasa por un consenso mundial, impulsado por los gobiernos nacionales, que con-trarreste la idea imperante en la actualidad: promover el cambio climático es más rentable que evitarlo.
En el marco de la economía de mercado, modelo seguido por la mayor parte de los países, se argumenta que la producción es sinónimo de riqueza y, por lo tanto, de bienestar. Bajo esta lógica, durante los últimos 200 años se ha propiciado una explotación sin paralelo de los recursos del planeta, alentando un consumismo ingente.

Los indicadores macroeconómicos siempre resaltan el incremento del Producto Interno Bruto, sin reconocer o mitigar los efectos que deja ese supuesto crecimiento. “Dentro de una economía de mercado, lo importante es mantener la dinámica del consumo; entre más se produce y más se vende, más bienestar se logra. Pero esa situación no le conviene al planeta”, sostiene el doctor Sánchez Vargas.

“Lo que se debe hacer es la instauración de políticas económicas y públicas enfocadas a generar los incentivos para que la producción lleve un crecimiento equilibrado”.

¿Y cómo se va a conciliar esto?, se pregunta, al tiempo que admite que “la economía capitalista no se regula sola”, por lo que deben intervenir los gobiernos y los entes mundiales de manejo económico. Se precisa “elevar el beneficio de no contaminar tanto. En la última Conferencia de las Partes se pararon las conversaciones porque los países no quieren reducir sus emisiones ni detener sus ritmos de crecimiento. Llegan con la espada desenvainada a la hora de negociar”.
Los gobiernos tienen que propiciar una mayor rentabilidad de la reducción de emisiones, aunque acepta que hasta el momento estas medidas no han traído los beneficios que se esperaban. Y es que sigue dejando más ganancias y dividendos los actuales medios de producción.

Por ello, insiste en que se dé una “negociación de forma seria. Mientras los países no tengan la convicción de modificar los patrones de consumo” el panorama seguirá igual de sombrío.

También se debe hacer una apuesta por las energías verdes, que pase por gobiernos más conscientes y que estén dispuestos a negociar, a hacer una cesión, aunque también se requiere el diseño de mecanismos de compensación más efectivos.

El doctor Sánchez Vargas considera que mucha gente ha cambiado de forma de pensar, pero eso no es suficiente. Tomando en cuenta el modelo económico imperante, los gobiernos tendrían que aportar más gasto o imponer nuevos impuestos a las empresas que impacten más en el incremento del cambio climático, con miras a producir de una manera ambientalmente amigable.

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