Espacio Abierto

De niños y canículas

Lo único que podemos decir con certeza del clima es que va a cambiar. Al tratarse de un sistema dinámico y complejo, en el que intervienen múltiples componentes, se dificulta la predictibilidad de los acontecimientos.

A pesar de la complejidad que entrañan el pronóstico del tiempo y las interacciones físicas en la atmósfera, la climatología y la meteorología han avanzado a pasos agigantados, gracias a diferentes desarrollos tecnológicos y al refinamiento de los soportes matemáticos de estas dos ciencias, que a estas alturas ya tienen la atención del público y de dependencias gubernamentales, merced a la toma de conciencia en torno al calentamiento global y el subsecuente cambio climático y sus posibles repercusiones sociales y económicas.

Pero la atención mediática no se ha detenido en este tema. Antes incluso que el cambio climático saltara a las primeras planas de los diarios y de los noticieros, otros asuntos relacionados con el clima habían capturado el interés de lectores y espectadores. Uno de esos asuntos es El Niño, un fenómeno recurrente que tiene lugar en una franja muy precisa del Océano Pacífico, pero con repercusiones en buena parte del planeta.

Un niño de fin de año

Durante varios años, pescadores peruanos que faenaban en alta mar advirtieron que en algunas ocasiones las aguas estaban a una temperatura más alta de la habitual, lo que impactaba en las pesquerías, ya que las anchovetas, la especie que capturaban, se desplazaba a otras latitudes, donde el mar estuviera más frío. Este fenómeno era recurrente, pero no periódico, aunque sí solía presentarse hacia finales del año, durante el invierno boreal. Por ello lo asociaron con la celebración de la Natividad. De ahí el nombre con el que se le conoce: El Niño.

Lo que los pescadores peruanos ignoraban era que El Niño forma parte de un sistema más amplio de fenómenos que tiene lugar a lo largo del Pacífico tropical. Como reportan los doctores Víctor Magaña y Cristina Morales, del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM (CCA), “los pescadores de las costas del Perú encontraron que en ciertos años las aguas donde pescaban estaban más calientes de lo normal, lo que ocasionaba que la pesca fuera mala”.

Curiosamente, durante esos años en esa porción de Sudamérica coincidían abundantes lluvias, que originaban importantes estragos. “Como la anomalía en la temperatura del océano alcanzaba un máximo hacia finales de año, durante diciembre, los pescadores asociaron a esta especie de corriente de agua caliente con la llegada de El Niño Jesús, por estar próxima la Navidad”, explican ambos autores en una comunicación.

El término El Niño ha sido el más aceptado para describir este amplio evento, que, como apunta el maestro René Garduño, también del Centro de Ciencias de la Atmósfera, en su libro El veleidoso clima, “tan tierno nombre no se refiere a ninguna suerte de inocente criatura, sino a un fenómeno oceánico más bien monstruoso, que altera el clima y tiene repercusiones negativas en la economía, al abatirse la pesca de anchoveta, la producción de harina de pescado y la recolección de guano en Perú”.

En síntesis, El Niño, y otro fenómeno vinculado con él, llamado La Niña, son condiciones anómalas en la temperatura del océano en el Pacífico tropical del este. “Bajo la definición más aceptada, El Niño corresponde al estado climático en el que la temperatura de la superficie del mar está 0.5°C o más, por encima de la media del periodo 1950-1979, por al menos seis meses consecutivos, en la región conocida como Niño 3”, se detalla.

Singulares anomalías

“El calentamiento en las aguas de la costa del Pacífico sudamericano pronto fue relacionado con el calentamiento anómalo del Pacífico central y del este, a lo largo del ecuador, extendiéndose desde la línea internacional del tiempo (180º W) hasta la costa sudamericana, resultando en graves alteraciones en el clima global y los ecosistemas”

, apuntan Magaña y Morales.

De acuerdo con estos investigadores, para entender la complejidad inherente a los cambios en el clima, debemos remontarnos a los trabajos emprendidos por el científico inglés Gilbert Walker, quien a caballo entre los siglos XIX y XX se dedicó al estudio del llamado monzón de la India. “Sus observaciones mostraron que en años cuando la presión en la superficie de Australia era en promedio más baja de lo normal, en el océano Pacífico central (Tahití) era más alta. Esta especie de «sube y baja» en la presión, con periodos de dos a cuatro años, se denominó Oscilación del Sur. La diferencia entre la presión de ambos puntos se conoce como Índice de la Oscilación del Sur”.

A medida que avanzaban las pesquisas, en los años sesenta del siglo XX, el meteorólogo Jacob Bjerknes identificó que la Oscilación del Sur y El Niño “son parte de un mismo fenómeno climático que involucra interacciones entre la atmósfera y el océano Pacífico tropical. Posteriormente, se encontró que las señales de la ocurrencia del fenómeno El Niño no se limitan a las regiones tropicales del océano Pacífico, sino que afectan lugares tan distantes como Norteamérica o Sudáfrica”.

La investigación en la UNAM

Cada semana, habitualmente los viernes, un grupo de especialistas en meteorología se da cita en el Auditorio “Julián Adem”, del CCA, para intercambiar impresiones sobre el clima y el estado del tiempo que se registró la semana precedente.

Entre esos expertos se encuentra el maestro en ciencias Orlando Delgado Delgado, quien en entrevista con El faro explica que El Niño también ejerce su influencia en nuestro país, no sólo por el lado del Océano Pacífico, sino que también impacta en casi todo el territorio nacional.

El Niño en particular produce movimientos descendentes en el Atlántico tropical, lo cual impide el desarrollo de los huracanes en esta región, pero al contrario en el Oceáno Pacifico nororiental se tiene mayor producción de huracanes”,

apunta Delgado

Al momento de entrevistar a este investigador del CCA, había comenzado el fenómeno denominado canícula, que se presenta a la mitad del verano. “Los registros de precipitación en otras latitudes nos presentan un solo máximo en el año, pero en México, Centroamérica y algunos otros países del área muestran dos máximos de lluvia en el año, el periodo entre los dos máximos es la canícula. Ese lapso dura de 15 a 20 días o hasta un mes. No se pierde completamente la precipitación. Solo disminuye. A veces es más evidente y se puede ver en los registros anuales de precipitación de cualquier estación de observación meteorológica, como son las estaciones del Programa de Estaciones Meteorológicas del Bachillerato Universitario (PEMBU)”, puntualiza el especialista.

Sin embargo, aún no está del todo claro qué propicia este fenómeno.

“Muchos investigadores del CCA están sobre eso y una de las cuestiones es el monzón mexicano; la posición del monzón va a influir en las precipitaciones que se dan en todo el territorio nacional”,

concluye Delgado Delgado.

pleca_gris

Por Yassir Zarate Mendez

Publicaciones relacionadas

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba