El campo que nos alimenta

Las cifras dadas a conocer a principios de año por el presidente de la República:

“… más de 11,000 mexicanos murieron por desnutrición en el país en 2011” parecen no corresponderse con la capacidad de nuestra agricultura para producir alimento.

Sobre el campo y los alimentos que nos ofrece, platicamos con la doctora Marta Astier, del Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental (CIGA) de la UNAM, ubicado en Morelia. Esta maestra en ciencias de suelos por la Universidad de California, Berkeley, y doctora en ecología por la FC-UNAM, contesta sin dudar: “En México se produce mucho alimento a partir del trabajo agrícola. Mucho. Y se puede producir más. Suficiente, sí, para alimentar a toda su población”.

En nuestro campo hay dos grandes líneas de productos: los cereales y las hortalizas y frutas. En cereales, el principal es el maíz blanco, del que cada año se ha incrementado la producción, no la superficie de cultivo, por lo que prácticamente somos autosuficientes en este cereal. Por el contrario, cada vez se importa más maíz amarillo, el forrajero. Nuestro país tiene la superficie, los recursos y la tierra para ser autosuficiente en producción de maíz para el consumo humano, afirma la doctora Astier. De hecho, la producción de cárnicos ha aumentado considerablemente y México es uno de los principales exportadores a nivel mundial.

Recuerda que en los años cincuenta, sesenta y setenta hubo una política de apoyo muy fuerte al campo, sobre todo a los productos de la canasta básica, tanto en investigación, como en producción, extensionismo, asesorías, créditos y directamente con granos. “Había un programa nacional de producción de semillas. Hoy, eso ha desaparecido. Quedan pequeños programas aislados, pero ya no hay un programa nacional de esta naturaleza”.

En otros alimentos, también indispensables en nuestra dieta, México no es autosuficiente. Por ejemplo, importa arroz y trigo, pero podría ser autosuficiente en arroz. Y en cuanto al frijol, la principal fuente de proteínas vegetales en nuestro plato del bien comer, se importa principalmente de China. Sin embargo, “México podría ser autosuficiente en la producción de estos cereales”, afirma la investigadora, quien, como parte del grupo de investigación GIRA A.C., recibió el Ashden Awards for Sustainable Energy, U.K., en 2006 por su trabajo de investigación aplicada sobre conservación de maíces criollos y pequeñas industrias de elaboración de tortillas, así como el Sustainable Agriculture and Rural Development (SARD) Price, en 2000.

En frutas y hortalizas, nuestro país es uno de los principales productores mundiales. Aguacate, papaya, cítricos, piña, plátano. México es el principal productor y exportador de aguacate: “El uso racional y eficiente de los recursos naturales, además de programas de incentivos económicos para el pequeño-mediano agricultor, serían la estrategía para asegurar el abasto y el acceso a un precio razonable a muchos productos de la canasta básica (maíz, frijol, arroz)”.

Agroquímicos y transgénicos

Como en muchos países, en la mayor parte de nuestra producción agrícola se usan agroquímicos: plaguicidas, herbicidas y fertilizantes. Sin embargo, “la instancia oficial que debería regular el uso de agroquímicos en cualquier tipo de producción de agricultura para consumo nacional, ya sean cereales, hortalizas o frutales está absolutamente ausente en el campo mexicano. Hay normatividad, pero no hay vigilancia e inspección del uso de agroquímicos”, explica la investigadora. Cada año se registran cientos de trabajadores agrícolas intoxicados por el mal uso de estos productos, por ejemplo, en los centros de salud de Michoacán. En los productos de exportación sí se cuida la inocuidad para evitar la contaminación a través de insecticidas, herbicidas, fertilizantes o de tipo bacteriológico.

Debido a la inadecuada aplicación de los agroquímicos, al uso intensivo e inapropiado de la tierra y al desperdicio del agua, nuestros recursos naturales cada vez son de menor calidad, sostiene la investigadora. Hay degradación del suelo, hídrica y de la biodiversidad. La nuestra es una agricultura que depende en demasía de los agroquímicos, que, además, son mal usados y bajo esquemas de monocultivo año tras año. Antiguamente se dejaba descansar la tierra y se usaban abonos orgánicos, pero ahora hay escasez de materiales orgánicos para fertilizar y/o se aplican en demasía en productos para la exportación, como en el aguacate. Estamos degradando nuestros recursos con estas malas prácticas en la labor agrícola, asevera Astier.

Las semillas transgénicas forman parte del paquete de agroquímicos que se están utilizando ya en la agricultura mexicana. En el país se están usando semillas transgénicas de algodón desde los años 90, se acaba de empezar a cultivar soya transgénica y están a punto de sembrar maíz. La nueva reglamentación no está deteniendo la siembra comercial de semilla de maíz transgénico, del que hay poca restricción para su cultivo en todo el país, salvo para algunas zonas del norte.

Pero lo nuevo, y el grave problema, entre otros más, es que se trata de semillas que contienen un “gen” que está patentado y que solo la compañía propietaria puede venderlo y tiene todos los derechos. Se trata de una contaminación invisible y sin ningún control a siembras de maíces nativos, y sus parientes silvestres. Hay pueblos que se niegan a que las semillas heredadas de sus antepasados sean contaminadas. La investigadora refiere que cuando explica a los agricultores el significado de la llegada de los transgénicos al territorio mexicano, muchos alegan: “¿Con qué derecho nos están contaminando nuestras semillas?” También hay inquietud de los productores de miel y granos orgánicos. La certificación de orgánicos prohíbe el uso o presencia de transgénicos.

Daños a la salud

Esta científica comenta que el riesgo para la salud que ocasionan los transgénicos es un tema muy álgido desde el punto de vista de la investigación científica. Hay publicaciones que argumentan los posibles efectos en el sistema inmunológico y algunos órganos en mamíferos, principalmente roedores y cerdos. (El cerdo es muy parecido al ser humano en el funcionamiento de sus órganos). Por el contrario, también hay textos en que se afirma que no ocasionan problemas a la salud.

Además de este peligro, otro gran inconveniente de los transgénicos es que están patentados y en cualquier cultivo que aparezcan el agricultor debe pagar regalías a la compañía propietaria. “Es decir, si yo siembro mi milpa de maíz y se contamina por polen de un maíz transgénico sembrado a 20 kilómetros de distancia, Monsanto, Bayer o Syngenta, las principales dueñas de estas tecnologías y productos, puede demandarme, porque ellos son dueños exclusivos del gen. En Estados Unidos y Canadá, donde ya han presentado demandas, hay agricultores en bancarrota porque han tenido que afrontar demandas judiciales y los recursos los han tenido que invertir en las cortes y no en la labor agrícola”, enfatiza la doctora Astier.

Estas compañías no están dando respuesta a los problemas de la agricultura en México y están imponiendo una tecnología que puede perjudicar gravemente nuestro futuro alimentario.

Consumidores conscientes

La doctora Marta Astier aboga porque, como consumidores responsables, valoremos la importancia de conocer qué es lo que nos estamos llevando a la boca. “Necesitamos ser consumidores sensibles, conscientes e inteligentes. Tenemos la obligación de saber de dónde viene y con qué se hizo cada producto que ofrecemos en la mesa de nuestro hogar. Debemos educarnos, aprender a leer las etiquetas e interesarnos en saber la historia del producto, quién lo produce, cómo se produce, qué se utiliza para su producción y cuáles son los efectos que puede tener en nuestro organismo y en el de nuestra familia”, concluye esta científica, experta en agricultura ecológica, agrobiodiversidad y en cultivos nativos y sistemas alimentarios locales.

 

Por José Antonio Alonso García

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