2019Historia de la Ciencia

El evento Carrington


Por Yassir Zárate Méndez –

Hace casi 160 años, en la noche del 1 al 2 de septiembre de 1869, el cielo se llenó de brillantes colores. Una luz desconocida para la mayoría de las personas dejó una profunda huella en quienes tuvieron el privilegio de presenciarla. Nos referimos al evento Carrington, la mayor tormenta solar registrada por la humanidad.

Un astrónomo aficionado

La mañana del 1 de septiembre se antojaba como cualquier otra jornada de trabajo para el astrónomo inglés Richard Carrington; estudiaba un grupo de manchas en el Sol, que llamaron su atención debido al gran tamaño que mostraban. Y es que días antes se habían reportado algunas auroras boreales en regiones poco habituales a presenciar ese tipo de fenómenos.

En entrevista para El faro en línea, el doctor Juan Américo González Esparza, del Instituto de Geofísica (IGf) de la UNAM, nos relata que Richard Carrington estaba estudiando manchas solares, proyectando la luz que viene de nuestra estrella sobre una pantalla y así dibujaba las manchas. Obviamente no la podía ver directamente, sino que se apoyaba en la proyección.

“Y cuando estaba dibujando unas manchas muy grandes que habían aparecido en el Sol desde hacía varios días, de repente vio un abrillantamiento. Y este abrillantamiento, 17 horas después, produjo el despliegue de auroras boreales más extenso e intenso que ha registrado la humanidad en la era reciente. Se le conoce como el evento Carrington”, detalla el investigador del IGf.

De acuerdo con las propias anotaciones de Carrington, apreció que de repente emergían “dos parches de luz intensamente brillantes y negros en el Sol”. Los dos puntos crecieron rápidamente hasta tomar la forma de un riñón. Eran las 11:18 de la mañana.

Sorprendido, Carrington buscó a alguien más para compartir la experiencia. Cuando volvieron a donde estaban los aparatos, apreciaron sobre la superficie del dispositivo en la que se proyectaba la luz solar, cómo los parches crecían y se compactaban en rápida sucesión en apenas unos minutos, cinco, para ser precisos. Eran las 11:23. Entonces el fenómeno cesó.

Aún no lo sabían, pero Carrington y su acompañante habían atestiguado la tormenta solar más grande que se ha registrado hasta la fecha. Tampoco tenían idea de las consecuencias que el fenómeno iba a acarrear en las siguientes horas. Tuvo que pasar algún tiempo para que se hicieran las conexiones necesarias.

Cielos en llamas y mares de sangre

Quienes han presenciado una aurora, sea boreal o austral, coinciden en que se trata de uno de los espectáculos más impresionantes que nos puede regalar la naturaleza. De repente, el cielo se llena de ondulantes colores, que se desplazan en ráfaga sobre las cabezas de los espectadores. Una y otra vez.

Si se tiene mucha suerte, el fenómeno se puede apreciar en latitudes bajas, como a la altura de Nueva York o de su equivalente austral. Pero rara vez va más allá. Eso puede cambiar cuando hablamos de una tormenta solar de grandes proporciones, como la del evento Carrington.

Los diarios de la época consignaron que el firmamento se llenó de luces rojas, verdes, azules y púrpuras. Era tal la intensidad de las auroras, que la gente pudo leer con la luz natural que les venía desde arriba.

Otro de los detalles que llamó la atención fue el hecho que se dieran avistamientos en lugares que no habían tenido el privilegio de admirar una aurora. Fue así como los habitantes de Madrid, Roma y La Habana se maravillaron y más de uno pensó en premoniciones de eventos apocalípticos; asimismo, en las Bahamas, Jamaica, El Salvador y Hawái hubo reportes de cielos teñidos de colores en plena madrugada.

Las tripulaciones que se encontraban mar adentro también testimoniaron el acontecimiento. Tal es el caso del Southern Cross, un clíper que navegaba cerca de las costas de Chile. La bitácora de abordo consigna que sufrían los estragos de una tormenta. A medida que amainaba, los marineros vieron, de pronto, que surcaban un “océano de sangre”. La razón: las aguas reflejaban el espectáculo que tenía lugar en los aires. A pesar de estar acostumbrados a las auroras australes, esta rebasaba cualquier experiencia previa.

Los capitanes de otras embarcaciones que transitaban por los océanos Pacífico y Atlántico dieron cuenta de situaciones parecidas. El mundo parecía envuelto en un singular y gigantesco arcoíris, que animó la madrugada de aquel 2 de septiembre de 1869.

Lo que se vio en México

Por supuesto que nuestro país no fue ajeno al hecho, como explica el doctor González Esparza. De entrada, nos recuerda que el país se encontraba saliendo de la larga guerra civil que había padecido, sumada a la intervención francesa que desembocó en el efímero imperio de Maximiliano de Habsburgo.

“En México estaba el Colegio Nacional de Minas y su director era Joaquín Vázquez de León. Él y sus estudiantes del curso de astronomía de repente reportan en los periódicos locales que, en la madrugada del 1 de septiembre, la noche se iluminó de rojo”.

González Esparza es el autor principal del documento “Observations of Low Latitude Red Aurora in Mexico During the 1859 Carrington Geomagnetic Storm”, donde consigna varios testimonios de lo ocurrido aquella noche de septiembre.

Por ejemplo, el periódico El Examen consignó que “Se vio una aurora boreal en Guadalajara, entre las 11:00 y las 12:00 del 1 al 2 de septiembre». En tanto que “Pío Septién de Guanajuato comunicó a la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística que la noche del 1 al 2 de septiembre se vio la aurora boreal en Guanajuato. Comenzó a manifestarse a las 11:30 y a la una estaba en todo su esplendor formando un arco de luz algo roja, despidiendo ráfagas e iluminando.”, asienta un reporte de observaciones en Guanajuato.

Por su parte, el investigador del IGf agrega que «es importante señalar que en México la aurora boreal del evento Carrington fue roja y se observó en al menos siete sitios”. Lamenta que las circunstancias que atravesaba el país impidieran contar con un observatorio magnético. “Era un proyecto que se había solicitado desde hacía tiempo. Si hubiéramos tenido registros de ese evento, serían muy valiosos, invaluables, porque tendríamos una idea muy clara de qué tan vulnerable es el país a un evento extremo”.

Pero más allá de ese espectáculo, las consecuencias para nuestro país fueron mínimas, aunque resultaron catastróficas en otras regiones.

Colapso de los telégrafos

“En ese momento no había electricidad, no había satélites, no había Internet, no había operaciones bancarias electrónicas, no había sistemas de telecomunicaciones. Entonces, pues lo que produjo fueron efectos en las líneas de telégrafos y perturbaciones magnéticas medidas en prácticamente todos los puntos; inclusive en México se hicieron registros de estas variaciones de campo magnético”, agrega el también responsable del Laboratorio Nacional de Clima Espacial (LANCE).

Sin embargo, para ese momento, en Estados Unidos y Europa ya se había tendido una robusta red de telégrafos, que era uno de los primeros inventos que aprovechaba los hallazgos en el campo del electromagnetismo.

Incluso hubo algunos incendios debido al sobrecalentamiento de los aparatos que se encontraban en las estaciones telegráficas. Fue un colapso de la red, la primera que había creado la humanidad para facilitar la comunicación. Además, los instrumentos científicos instalados en el observatorio de Kew, ubicado en el sur de Inglaterra y dedicado a investigaciones sobre los campos magnéticos, simplemente dejaron de funcionar correctamente.

Un evento parecido que ocurra en la actualidad significaría una catástrofe, ya que afectaría a los satélites en órbita, las operaciones bancarias y la generación y distribución de energía eléctrica.

“El próximo evento Carrington tiene muy preocupado a los gobiernos, porque el efecto va a ser en todo el planeta y va a afectar directamente a toda la economía, porque si se colapsa la red eléctrica, se viene en un efecto en cascada todos los servicios”, advierte el doctor González.

De ahí la necesidad de aumentar la investigación sobre el clima espacial, una tarea que ya se realiza en el LANCE.

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