El legado de Rafael Navarro-González


Dr. Rafael Navarro González
Por Yassir Zárate Méndez
El doctor Rafael Navarro-González era un científico visionario. En su andar por la ciencia, pasó de la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México, de donde se graduó en 1983, a la Universidad de Maryland, donde obtuvo un doctorado en Química, en 1989.
Un temprano interés por las ciencias
Como refirió Navarro-González en las páginas de El faro, su interés por la ciencia se manifestó a muy temprana edad. Le intrigaba el origen de la vida. Ya en la secundaria había leído una biografía de Alexandr Ivánovich Oparin y sabía de los experimentos de Stanley Miller.
Incluso logró que sus profesores de física y de química valoraran la posibilidad de efectuar una réplica del trabajo del científico estadounidense, aunque al final descartaron la prueba debido al peligro que representaba por el uso de metano.
Era tal el interés de Navarro por estos temas, que fue uno de los privilegiados en presenciar las conferencias que ofreció el célebre biólogo soviético en su recordada visita a la Facultad de Ciencias de la UNAM, el 18 de abril de 1975.
“Acudí inmediatamente y escuché algunas de las pláticas [de Oparin], que me sirvieron mucho”, relató a El faro en una de las varias entrevistas que concedió a esta revista.
Esa visita y los constantes viajes que hacía a la biblioteca de la Facultad de Ciencias fueron afinando la vocación científica del joven Rafael Navarro, quien acabó decantándose por la licenciatura en biología, que cursó en la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional.
El origen de la vida
Una vez en la UNAM, intercaló sus estudios en biología con clases en la Facultad de Química, que tomó en carácter de oyente. Así, prácticamente se formó en dos disciplinas. Aquel joven universitario reconocía el papel crucial que juega la química en los procesos biológicos, y que iban a ser una marca de su quehacer científico.
A la luz de Oparin y Miller, y una vez que finalizó su formación en la Universidad, puso proa rumbo a la Universidad de Maryland, gracias a que previamente había contactado a Cyril Ponnamperuma, un “eminente astrobiólogo estudioso del origen de la vida”. Es decir, a medida que avanzaba en su formación, Rafael Navarro González afianzaba sus conocimientos en torno al tema que lo había impactado desde niño.
En su andar académico, se incorporó al Instituto de Ciencias Nucleares (ICN) de la UNAM, para luego retornar a la Universidad de Maryland para efectuar una estancia posdoctoral y de esa manera ahondar en estudios relacionados con la exobiología.
Para 1992 estaba de regreso en nuestro país, de nueva cuenta en el ICN, donde echó a andar el Laboratorio de Química de Plasmas y Estudios Planetarios, en 1994. Así, Navarro-González daba un vigoroso paso en su particular exploración del espacio. Para entonces ya tenía contacto con la NASA, hecho que iba a tener resonancia en su trabajo ulterior; de hecho, para entonces ya había sido alumno del único Premio Nobel mexicano en ciencias, el doctor Mario Molina. Esa iba a ser otra fructífera relación.
Un trabajo de altura
El Pico de Orizaba, o Citlaltépec, es la montaña más alta de nuestro país. Esa condición la hizo especialmente atractiva para Rafael Navarro.
En 2009, en una entrevista concedida a la directora de esta publicación, Patricia de la Peña, el investigador del ICN nos explicaba que el Pico de Orizaba “cuenta con la línea de bosque más alta del mundo, toda vez que se registra la presencia de árboles hasta una altura de 4100 metros, situación que no ocurre en ninguna otra parte de la Tierra […] las montañas que son muy altas no tienen un bosque muy elevado. Pero conforme uno se mueve del polo hacia el Ecuador, se empieza a observar una tendencia en un aumento en la línea del bosque, por lo que se esperaría que llegando a ese punto el bosque fuera más alto”.
Agregaba que en el pico Bolívar, ubicado en Venezuela a tan solo nueve grados del ecuador, la línea del bosque llega hasta los 3,500 metros de altura, “mucho más abajo que la del Pico de Orizaba”, lo que resaltaba la importancia de experimentar en el Citlaltépetl, donde está el bosque más alto del mundo, lo que permitiría conocer cuál es la limitante que determina su crecimiento a esa altura, a la vez que serviría como un modelo para entender un eventual proceso de terraformación de Marte, una de las prioridades en su agenda en la siguiente década.
Sus trabajos en la montaña mexicana también le permitieron advertir los efectos del cambio climático
Un paisaje marciano en la Tierra
Los experimentos que realizó en el Pico de Orizaba le sirvieron al doctor Navarro para vincularse con otros investigadores que desarrollaban proyectos relacionados con la exobiología.
Fue así como se sumó a un equipo de investigadores liderados por Christopher McKay. En esa andadura, dieron con un paisaje extremo, muy parecido a las condiciones que imperan en Marte.
Apoyado en su experiencia en el Pico de Orizaba, aplicó procedimientos parecidos que dieron resultados que obligaron a la NASA a reevaluar los protocolos que siguieron las naves Viking, que habían visitado al Planeta Rojo en los años setenta y cuyos experimentos arrojaron que no había vida en ese mundo y que probablemente nunca la había habido.
Gracias a los trabajos en Atacama, y a otros efectuado en el desierto de Mohave y en el Río Tinto, de Huelva, España, el doctor Navarro-González fue afianzando sus ideas en torno a la vida en nuestro vecino planetario. Tenía claro que tal vez no había vida en Marte, pero quería descartar esa posibilidad de forma concluyente.
La huella humana en Marte
La eventual llegada de humanos a Marte fue uno de los asuntos que centró el interés de Rafael Navarro-González.
En las entrevistas que nos concedió describía las posibles rutas que seguiríamos para hacer habitable a ese planeta. Se barajaban diferentes opciones, que incluían desde el uso de bombas nucleares, hasta un calentamiento global deliberado con la emisión e gases de efecto invernadero a la tenue atmósfera marciana.
También era optimista sobre las diferentes misiones que poco a poco iban enviando datos, como el vehículo Curiosity o la misión Phoenix. En diferentes oportunidades explicó los alcances de cada uno de estos proyectos.
El legado de Rafael Navarro-González
Como hemos apreciado en este breve recorrido, Rafael Navarro-González exploró las laderas del Pico de Orizaba, se adentró en las arenas del desierto de Atacama, tocó las aguas del Río Tinto, en la provincia de Huelva, España, con un objetivo en mente: la exploración y eventual colonización de Marte.
Como explicó la directora de El faro, el doctor Navarro-González fue un asiduo visitante de las páginas de esta publicación. Lo acompañamos en sus diferentes empresas científicas, con ese esplendoroso marco de referencia que es la llegada de nuestra especie a nuestro vecino en el Sistema Solar.
Este es una apretada síntesis del trascendental trabajo del doctor Rafael Navarro-González, que como se ha insistido a lo largo de este sencillo homenaje a uno de los científicos más brillantes que se ha formado en la Universidad Nacional y que luego ha dado tanto lustre a la encomienda de hacer investigación de vanguardia.
En los días siguientes iremos presentando parte de ese material hemerográfico, que da cuenta de una trayectoria única, que llevó a su protagonista a alturas insospechadas.



