La ciencia detrás del Protocolo de Montreal

La Organización de las Naciones Unidas reconoce que el Protocolo de Montreal, firmado en 1987, con el propósito de reducir el uso de clorofluorocarbonos (CFC) en varias industrias, ha sido el acuerdo más exitoso en materia de protección al medio ambiente.

Por Yassir Zárate Méndez

El papel vital de la capa de ozono

Como ya se ha explicado en otros artículos de El faro en línea, los CFC son los responsables de provocar un peligroso adelgazamiento de la capa de ozono que cubre el planeta, misma que atenúa parte de la radiación solar, en particular los rayos ultravioleta.

Un estudio efectuado por la NASA indica que sin el Protocolo de Montreal o cualquier otro mecanismo para reducir los compuestos dañinos, ya habrían desaparecido dos terceras partes del ozono atmosférico; además, una exposición de tan solo cinco minutos a la intemperie sería suficiente para causar graves quemaduras e incentivar la incidencia de cánceres.

Afortunadamente, ese escenario ha quedado atrás, gracias a que gobiernos, industriales e investigadores alcanzaron consensos, a partir de la evidencia científica que se fue acumulando. En esa tarea, el desaparecido Dr. Mario Molina jugó un papel importante, junto con Sherwood Rowland, al efectuar estudios pioneros sobre el impacto de los CFC en el ozono de la atmósfera.

Aquí vamos a relatar la historia de la ciencia detrás del Protocolo de Montreal.

La radiación solar

Para el Dr. Carlos Gay García, del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático (ICAyCC) de la UNAM, el andamiaje que permitió la firma del Protocolo de Montreal es un buen ejemplo de las benéficas interacciones entre la ciencia, la sociedad y la economía, “y cómo la ciencia se adelanta a los acontecimientos”.

Para el investigador mexicano, este acuerdo ha sido crucial para la humanidad entera, ante el peligro que un segmento de la radiación proveniente del Sol: “Se sabe que cuando la radiación ultravioleta es más corta a los 3,100 ángstrom puede ser dañina para la salud”, apunta. Se estima que podría estar detrás de la aparición de cáncer de piel, cataratas y otras enfermedades generadas “a nivel genético”.

Desde el descubrimiento de la capa de ozono, efectuado en 1913 y atribuido a los franceses Charles Farby y Henri Buison, se ha tenido claro el papel de esta delgada capa, que funciona como una suerte de enorme filtro solar, que envuelve a la Tierra bloqueando las radiaciones nocivas, al tiempo que permito el paso de la luz y del calor proveniente de nuestra estrella.

La pista científica del agujero de ozono

Para el Dr. Carlos Gay, ha ocurrido un reconocimiento generalizado sobre los estudios efectuados desde la ciencia, ya que se trató de un largo proceso que arrancó con los trabajos de Rowland y Molina, pero que continuó con observaciones de campo, como la efectuada en 1985 por el British Antarctic Survey, que fue el primer organismo que identifica una amplia área sobre la Antártida, donde se había adelgazado la capa de ozono; en este sentido, se reconoce a Joseph Farman, Brian Gardiner y Jonathan Shanklin como los primeros en identificar el fenómeno.

“El Antarctic Survey británico observa la capa de ozono e identifica disminuciones de más del 50% en el espesor de la capa de ozono a niveles estratosféricos, durante el invierno del Polo Sur. Esto es una barbaridad de reducción; ahí sí se asustan”, señala Gay García.

Susan Solomon, de la Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos, ofreció una explicación del fenómeno ocurrido en esa región, atribuyéndolo a la formación de nubes estratosféricas polares, que favorecían la degradación de los clorofluorocarbonos.

“De año con año se estaba produciendo una disminución muy sustancial de la capa de ozono. ¿Esto qué quería decir? Pues que en latitudes altas iba a verse afectada la gente, el ganado y todo aquello que puede ser afectado por la radiación ultravioleta, que está entrando de más en la atmósfera”, abunda el universitario.

A manera de resumen, agrega el investigador del ICAyCC, hay una concienciación general, a partir de las aportaciones hechas por la ciencia, sobre “el descubrimiento del ozono, cómo se forma, las implicaciones que tiene sobre la vida y por tanto las implicaciones que tiene sobre la sociedad”.

Toma de conciencia

A las voces de alarma lanzadas desde la ciencia, empezando por las investigaciones de Rowland y Molina, las observaciones en campo y la explicación de lo que estaba detrás del adelgazamiento de la capa de ozono, se sigue una progresiva toma de conciencia por parte de los tomadores de decisiones.

“Esto empieza a preocupar mucho a los países y se dan cuenta que es la ciencia la que se adelanta a las acciones, porque los países empiezan a reaccionar ante lo que la ciencia les está diciendo: ‘Ponte las pilas porque si pasa esto, nos vamos a ver afectados’”, externa Gay García.

Agrega que antes de que el Protocolo de Montreal se firmara en 1987, ya Estados Unidos, Noruega y otros países habían decidido tratar de reducir el uso de ciertas sustancias que afectaban la capa de ozono.

“Rowland y Molina afirman que los CFC están afectando la capa de ozono; advierten que estos inventos humanos tienen consecuencias inesperadas”, refiere el investigador universitario. En su momento, los clorofluorocarbonos CFC se usaron para sustituir otras sustancias utilizadas para refrigeración, como el amoniaco, “que es mucho más tóxico y mucho más peligroso que los CFC, pero nadie se puso a pensar que estos tendrían estas consecuencias en la atmósfera”. Esto se le ocurrió a Rowland y Molina.

Con esas investigaciones, que a la postre les significaron la obtención del Premio Nobel de Química en 1995, Sherwood Rowland y Mario Molina advierten que esas sustancias que estamos metiendo en la atmósfera, van a afectar la capa de ozono.

“Todo esto qué significa, pues que las sustancias que afectan la capa de ozono tienen interés económico, representan muchísimos millones de dólares, por lo tanto, la solución que vemos los científicos, desde esta perspectiva es la de reducir estas sustancias, pero resulta que eso significaría afectar industrias de miles de millones de dólares. No era tan fácil”, acota el Dr. Carlos Gay. acota el Dr. Carlos Gay.

 

De hecho, la publicación de los trabajos de Rowland y Molina en la revista Nature, en 1974, generó un rechazo contundente por parte del sector industrial involucrado en el uso de los clorofluorocarbonos. Las conclusiones de la publicación era que los CFC podían durar hasta 150 años, y que la luz solar los descompone, con lo que los átomos de cloro que quedan libres en la atmósfera, tienen la capacidad de destruir el ozono protector.

“Desde las publicaciones de Rowland y Molina a mediados de los setenta del siglo pasado, hasta que se empiezan a tomar acciones, que es en la década de los ochenta, pasaron muchos años. Esto quiere decir que todos esos años han sido de resistencia a tomar acciones para proteger la capa de ozono; al protegerla, eliminamos la radiación ultravioleta que nos afecta”, puntualiza el Dr. Carlos Gay.

Y añade que fue así como un resultado científico “se adelanta a lo que tiene que hacer la humanidad”.

El Protocolo de Montreal

Tras un amplio consenso, que involucra a científicos, industriales y tomadores de decisiones, en 1989 entra en vigor el Protocolo de Montreal, tras su firma un par de años antes.

“Otra vez la evidencia científica empuja a que pase algo, y como este es un problema de carácter global, porque se da en todo el planeta, no nada más sobre el territorio mexicano o el inglés, significa que es un problema que se da sobre todo el planeta, y por lo tanto requiere de una participación de todo el planeta para arreglarlo. Eso da origen al Protocolo de Montreal”, resume el investigador de la UNAM.

Y es que, como más adelante se identificaría, los CFC también tienen un papel relevante en el calentamiento global.

Desde la puesta en marcha del Protocolo, ha habido una paulatina recuperación de la capa de ozono, con algunos altibajos puntuales. De hecho, se estima que para la segunda mitad de este siglo desaparezca el llamado agujero en la capa de ozono. Como se mencionó al inicio del artículo, Naciones Unidas reconoce que el Protocolo de Montreal es el acuerdo ambiental más exitoso.

De esta manera, se confirma que cuando se escucha a la voz de la ciencia, se pueden tomar mejores decisiones para todos.

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