La Sociedad Geológica Mexicana

“Los especialistas de la historia de la geología consideran que el siglo XIX fue la centuria de la ciencia, de su institucionalización y profesionalización”, asienta la investigadora del Instituto de Geología de la UNAM, la Dra. Lucero Morelos Rodríguez, en la introducción del artículo que dedica a los orígenes de la Sociedad Geológica Mexicana, una de las entidades que ha contribuido a la consolidación de la ciencia en el país. 

Por Yassir Zárate Méndez

Recientemente publicado en el Boletín de dicha institución, el texto da cuenta de los personajes involucrados en la creación de la Sociedad y de las acciones emprendidas para ampliar el conocimiento del territorio nacional, el suelo patrio, como refirieron aquellos pioneros.

El Instituto Geológico de México

La Sociedad Geológica Mexicana tiene a un lejano ancestro novohispano: el Real Seminario de Minería, fundado en el crepúsculo del periodo colonial, a finales del siglo XVIII (en 1792, para ser precisos), cuya actividad académica y de investigación se extendió a lo largo del siglo XIX.

Ya en el periodo independiente, el Seminario dio paso a la Escuela Nacional de Ingenieros, donde se formó buena parte de los personajes que acabarían dando forma al Instituto Geológico de México, también conocido como Instituto Geológico Nacional, antecedente directo del Instituto de Geología de la Universidad Nacional.

Dra. Lucero Morelos Rodríguez – Instituto de Geología

La institución porfiriana, creada el 17 de diciembre de 1888, tenía “el objeto de practicar y dirigir el estudio geológico del territorio mexicano desde un triple punto de vista: científico, técnico e industrial”, recoge la Dra. Morelos, quien agrega que dicha entidad “constituyó el primer instituto de investigación en ciencias geológicas de América Latina”.

Nuestro país se sumaba así a esa suerte de furor por crear “cátedras, museos e instituciones especializadas en estas disciplinas, tales como los institutos geológicos, sociedades, academias o asociaciones profesionales y congresos internacionales”. Y cuáles eran esas disciplinas, pues la meteorítica, la petrografía o la paleontología, cuya línea matricial partía de la geología. Las ciencias de la Tierra avanzaban a pasos de gigante.

En ese contexto apareció el Instituto Geológico de México, con un carácter gubernamental al adscribirse a la Secretaría de Fomento, Colonización, Industria y Comercio de la República Mexicana.

La Sociedad Geológica Mexicana

En 1904, México y buena parte del mundo occidental vivían en la Belle Époque, un periodo en el que se gestó un cambio en la mentalidad de las personas. Se afianzó el capitalismo, las grandes potencias consolidaron sus posesiones y se dio un impulso sin igual a la ciencia. En México tuvimos una versión de ese espíritu, nuestra versión aclimatada de la Belle Époque.

En ese año de 1904, varios integrantes del Instituto Geológico de México se plantearon “fraguar un espacio propio, donde se dieran a conocer sus observaciones, estudios e inquietudes, a los cuales se les dotaría de uniformidad en cuanto a los métodos de estudio y observación, los tecnicismos y clasificaciones”, apunta la Dra. Morelos. 

Juan de Dios Villarello

Fue así como se instituyó la Sociedad Geológica Mexicana, dos de cuyos fundadores, Juan de Dios Villarello y Paul Waitz, escribirían siete años más tarde que el objeto de dicha entidad era el de “reunir a todas aquellas personas que tuvieran interés por los estudios geológicos”.

La Dra. Morelos Rodríguez recoge que se convocaba “a los profesionales, los geólogos, los ingenieros de minas, los metalurgistas y a todos aquellos que, por la índole de sus ocupaciones, ‘sintieran afición por la geología’ (Villarello y Waitz, 1911), sin condición de títulos profesionales, más que el interés por la geología”. Pero el propósito iba más allá de los límites nacionales, ya que se proponían “acrecentar en todas las Repúblicas latino-americanas el gusto por la geología, el amor al estudio del suelo patrio, el interés en conocer los recursos naturales contenidos en este suelo y subsuelo … para el adelantamiento en la cultura de un país y su rápido progreso industrial y por lo mismo la consolidación de su bienestar nacional”, apuntaron Villarello y Waitz, tal y como consigna la integrante del Instituto de Geología de la UNAM. 

Los albores

Morelos Rodríguez señala que la investigación que efectuó se trata de “un primer acercamiento a los orígenes o primeros años de la Sociedad Geológica Mexicana, una sociedad que desde 1904 está activa, y que, por lo tanto, es la más antigua en su tipo con actividad continua”.

La organización agrupa a los especialistas en las ciencias de la Tierra y desde 1905 cuenta con un vehículo de comunicación, el Boletín de la Sociedad Geológica Mexicana, donde la historiadora ha publicado este artículo sobre los primeros años de la Sociedad. De hecho, el archivo de dicho Boletín es el que ha nutrido el trabajo de la investigadora universitaria.

En el trabajo, perfila el contexto histórico en el que se dio la creación de esta sociedad de especialistas de las ciencias geológicas, que incluyó a ingenieros de minas, topógrafos, metalurgistas e hidrógrafos. Asimismo, identifica los objetivos que perseguía, incluyendo “un puente comunicante con los aficionados, es decir, hacendados, sacerdotes, arquitectos, del género de otras especialidades”. 

Además, esos objetivos también estuvieron delineados por “el reconocimiento de la naturaleza patria, a través de los ojos de un experto, por medio de la organización de excursiones a distintos puntos del territorio nacional, en particular del Valle de México”, asienta. 

Nos explica que año con año efectuaban al menos una o dos excursiones. “La primera de ellas muy significativa, porque se organizó en 1904, para recorrer las canteras de San Lorenzo Totolinga, en Naucalpan, un lugar donde al menos desde el siglo XVI se explotaban esos materiales de construcción utilizados para los edificios públicos, particulares y religiosos, de la Ciudad de México”, refiere. 

Esos geólogos acudieron a Naucalpan, cerca de los Remedios, para hacer un estudio de los materiales coloquialmente conocidos como canteras o chilucas, pero también realizaron otras expediciones igual de interesantes, en la Sierra de Santa Catarina, cerca de Iztapalapa, “para estudiar los tipos de rocas, los volcancitos, esas formaciones, que en luengos años se habían formado”.

Esas excursiones iban guiadas por un geólogo, entrenado para poder interpretar los estratos y las rocas, que muchos de sus acompañantes no podían descifrar. En cambio, el experto ofrecía la información necesaria gracias a la formación “que había tenido en alguna de las varias escuelas que desde el siglo XVIII empezaron a concebirse en el mundo”, acota la Dra. Morelos. 

Por último, expone que esas comisiones también iban acompañadas de un cronista de carrera, quien hacía una suerte de relatoría de la jornada, además de un fotógrafo, toda vez que las instantáneas se habían convertido en un elemento importante para registrar los hallazgos y observaciones.

De esa manera, se fue generando un cúmulo de información que sería de utilidad en los años subsiguientes, gracias al afán de conocimiento de aquellos pioneros que comenzaron sus andanzas en la Belle Époque.

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