La teoría del germen

La teoría del germen plantea que algunas enfermedades son causadas por microorganismos; contrasta con la creencia de que los seres vivos podían generarse espontáneamente a partir de la materia inerte.
Durante siglos, se creyó que los seres vivos no solamente se engendraban de organismos similares a ellos, sino que también podían ser creados a partir de la materia inanimada.
Fue hasta el siglo XIX cuando por fin pudo echarse abajo esta arraigada idea, que se mantuvo vigente durante milenios, gracias a evidencias que parecían irrefutables.
Una añeja y resistente creencia
En De generatione animallium, Aristóteles afirma que “todo ser viene a la vida no solo a partir del acoplamiento de los animales, sino también a partir de la descomposición de la tierra y del estiércol”. Dicho así por un pensador del calibre del Estagirita, iba a resultar muy complicado imponer una alternativa, como se demostró en los siguientes siglos.
Antes de este alegato, algunas inscripciones babilónicas refieren que el lodo de los canales construidos para regar los campos de cultivo tenía la capacidad de engendrar gusanos y otros animales. En el antiguo Egipto se creía que el rico limo del Nilo generaba parásitos, gusanos, sapos, ranas, ratas, serpientes e incluso los terribles cocodrilos.
Más ejemplos de esta índole abundan en otras latitudes, como lo ilustra el Ramayana, uno de los libros fundamentales de la literatura, el pensamiento y la religión de la India. La obra afirma que el sudor y la basura son los ingredientes que se necesitan para producir moscas y escarabajos, entre otros bichos.
Como ocurre en otros casos, las apariencias engañan. Y es que resultaba fácil suponer, a falta de microscopios y otros instrumentos, que la materia inerte era capaz de engendrar vida. Era evidente que las lombrices que pululaban en las riberas de los ríos que dieron de beber a esas culturas, brotaban así de fácil, sin que ningún otro organismo vivo las engendrara.
Incluso se creía que hombres y mujeres podían ser el resultado de la creación de gusanos, que a su vez derivaban de la materia en descomposición que había sido fecundada por la energía del Sol.
Árboles de corderos y arbustos de peces
Pero la teoría de la generación espontánea, también conocida como autogénesis, no fue patrimonio exclusivo de la Antigüedad. La Edad Media y su filosofía escolástica mantuvieron a raya cualquier intento por buscar una explicación distinta, sobre todo por la relevancia que tenía el relato del Génesis, en el que claramente se hablaba sobre la manera en que se había creado a los hombres y mujeres.
Para el siglo XVI poco había cambiado el panorama. Algunos trotamundos que habían viajado a países exóticos del Lejano Oriente –exóticos para los oídos europeos– contaban historias sobre árboles que daban corderos; algunos incluso afirmaban que habían comido la carne de tales animales. Otros relataban que había arbustos que eran más generosos, ya que sus frutos, si caían en el mar, se convertían en peces, pero si lo hacían sobre la tierra, entonces se transformaban en pájaros, que de inmediato emprendían el vuelo. Aún faltaba un poco de tiempo para ofrecer una alternativa, basada en la observación y la experimentación.
Experimentos y microscopios
El primer paso para refutar la teoría de la generación espontánea lo dio Francesco Redi, un médico italiano que en 1668 publicó un tratado en el que describía una serie de experimentos en los que demostraba que las larvas blancas de la mosca no aparecían de forma espontánea en la carne en putrefacción, aunque Redi admitía que en algunos otros casos sí podía haber una generación de seres vivos a partir de materia muerta.
El siguiente avance se dio con la invención del microscopio, una herramienta que se habría de convertir en uno de los más poderosos aliados de la ciencia. El aparato nos asomó a un mundo insospechado, aunque, paradójicamente, el invento sirvió para abonar, durante un tiempo, a favor de la teoría de la generación espontánea, ante la dificultad que significaba explicar cuál era el origen de esa miríada de organismos que se veían bajo las lentes.
Uno de los primeros en aventurarse en esos territorios fue el holandés Anton van Leeuwenhoek, cuyo dispositivo óptico le permitió echar un vistazo a la vida que bullía en las gotas de agua conservadas al aire libre o en los excrementos; en una carta dirigida a la británica Royal Society, Leeuwenhoek daba cuenta de “animálculos vivos”, que después se identificarían como infusorios, levaduras y bacterias.
A los trabajos del holandés siguió una cascada de investigaciones, observaciones, especulaciones y posibles explicaciones sobre el origen de aquellos organismos, que a todas luces estaban vivos, pero sin ser el resultado de la procreación, tal y como era entendida en la época.
La teoría de la generación espontánea no se dio por vencida. Varios de los naturalistas argumentaron que los microbios se creaban de la nada o, al menos, de la materia en descomposición. Hubo que esperar un poco más para que las observaciones se refinaran y se reformularan las hipótesis.
Hacia un nuevo paradigma
La construcción de un nuevo paradigma continuó con los trabajos del religioso Lazzaro Spallanzani, quien protagonizó uno de los últimos capítulos con el que trató de refutarse la abiogénesis.
Spallanzani se enfrascó en una controversia con el clérigo británico John Tuberville Needhan, quien realizó experimentos en los que calentaba varias sustancias, como infusiones, licores y extractos de animales. Needhan observó que en los caldos había microorganismos, por lo que dedujo que se habían formado a partir de la materia inerte. De hecho, trataba de demostrar las teorías de su amigo Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, quien argumentaba que esparcidos por la naturaleza había unos gérmenes de vida, que se liberaban cuando se descomponían las sustancias orgánicas, pero que conservaban la capacidad de volver a unirse para formar crear microbios.
A Lazzaro Spa-llanzani los resultados reportados por Needham le parecieron incorrectos y cuestionó el procedimiento que siguió el inglés, particularmente el hecho de que no sellara los frascos en los que calentó las muestras. El científico italiano también puso en tela de juicio la existencia de la fuerza vital o vegetativa, defendida por Buffon y por Needham, que estaría en el aire circundante y a la que atribuían la responsabilidad de insuflar vida.
Spallanzani efectuó sus propios trabajos, en los que también calentó las sustancias de prueba, aunque a mayores temperaturas y cerrando los frascos, por lo que no encontró rastros de microbios. Needhan contratacó y expuso que el sobrecalentamiento y el sellado habían acabado con la fuerza vital, lo que impedía la aparición de la vida.
La teoría del germen
El último clavo en el ataúd de la teoría de la generación espontáneo lo puso Louis Pasteur.
En 1860, la Academia de Ciencias de París lanzó una convocatoria en la que invitaba a los investigadores a zanjar de forma definitiva si era posible que se generara la vida a partir de la materia inerte, a través de experimentos convincentes. En aquellos días, Pasteur era director de estudios científicos y administrador de la parisina Escuela Normal Superior, donde tenía un laboratorio que él mismo había costeado. También ya gozaba de una sólida reputación, gracias a las recomendaciones que había hecho a los vitivinicultores para que mejoraran la conservación de los vinos.
En esencia, el químico francés repitió los experimentos ya efectuados, pero bajo condiciones diferentes. La más relevante fue el empleo de un matraz de cuello de cisne, en el que hirvió un líquido con materia orgánica; el proceso generó una corriente de vapor de agua, que quedó atrapado en el cuello del recipiente, impidiendo la entrada de los microorganismos suspendidos en el aire. El líquido quedó esterilizado, y por lo tanto impedido para propiciar la aparición de gérmenes, aunque no se cerraba el paso del aire, que sólo era filtrado a través del agua estancada en el cuello.
Con esta prueba, quedó fehacientemente demostrada la inviabilidad de la teoría de la generación espontánea. Por supuesto Pasteur ganó el premio convocado por la Academia de Ciencias, con lo que sumó un logro más a su brillante carrera, además de que puso los cimientos de la llamada teoría del germen.
Este principio establece que los microbios son los causantes de las enfermedades, aunque para ello se debía aceptar el hecho de que eran descendencia de otros organismos semejantes a ellos; en otras palabras, todo ser vivo procede de otro ser vivo, uno de los principios biológicos fundamentales, que acabó por ser aceptado por la comunidad científica.
Por Yassir Zárate Méndez



