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Las cifras del hambre en México

Alrededor de la mitad de la población mexicana padece hambre. El deterioro en el ingreso se ha visto reflejado en bajos niveles de consumo alimenticio, a lo que se suma un grave problema de sobrepeso y obesidad, que no es resultado del bienestar, sino de la pobreza imperante.

 

“La pobreza alimentaria es una forma de medir a la pobreza en México”, precisa el doctor Felipe Torres Torres, del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM (IIEc), y quien es experto en el tema de la economía de la alimentación.

Añade que “las formas de medición de la pobreza han estado asociadas a la dimensión del hambre”. Uno de los instrumentos para evaluar a este fenómeno es la llamada canasta básica, un conjunto de productos alimenticios perecederos y procesados cuyo consumo garantiza un mínimo de bienestar económico y nutricional.

La danza de las cifras

Sin embargo, hay profundos disensos entre los economistas a la hora de establecer los factores que definen a la pobreza. Por esta misma razón varían las cifras sobre este fenómeno.

Un buen ejemplo se encuentra en los números manejados por varias dependencias gubernamentales a propósito de la llamada Cruzada Nacional contra el Hambre, el programa intersecretarial puesto en marcha por la actual administración federal.

De acuerdo con la iniciativa, en México habría siete millones y medio de personas en situación de hambre. En cambio, el doctor Torres eleva esa cifra hasta los 13 millones de personas, que se encontrarían en situación de pobreza extrema, por lo que no podrían contar con los recursos necesarios para cubrir una alimentación mínima, en cantidad y en calidad.

Pero este grupo poblacional es el que se encuentra en el extremo. De acuerdo con estimaciones del especialista universitario más de 53 millones de mexicanos padecen hambre, al no contar con ingresos suficientes para comprar los productos de la canasta básica.

La lista del mercado

Para el doctor Felipe Torres, la canasta básica está compuesta por 24 productos, “que varían según los grupos alimenticios básicos”.

Así, en primer lugar se encuentran tortilla, pan, arroz, frijol, aceite, frutas y verduras, entre las que están jitomate, cebolla, chile, aguacate, plátano, naranja y mango, dependiendo de la temporada que se trate. A este grupo base se añaden complementarios como sardina en lata, leche y sus derivados, huevo y algunos tipos de carne.

Aunque Torres Torres reconoce que la canasta básica varía en su forma de medición, con respecto a lo que le cuesta a la gente adquirirla, su impacto en la economía está en función del ingreso monetario que tiene cada núcleo familiar. Lo cierto es que, de acuerdo con este especialista, “el incremento en el precio de los productos de la canasta básica está arriba del doble de la inflación general”.

En las condiciones actuales, adquirir la canasta básica representa un gasto de entre 1,000 y 1,300 pesos al mes. Para medir su impacto en las finanzas personales, el dato se debe contrastar con lo que gana cada persona.

Ingresos insuficientes y déficit nutricional

De acuerdo con cifras aportadas por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, el 60% de la Población Econó-micamente Activa (PEA) gana entre uno y tres salarios mínimos al día. Vale recordar que para este 2013, la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos fijó esta percepción en 64.76 pesos diarios para la zona geográfica A y en 61.38 pesos diarios para la B.

Esto significa que seis de cada diez trabajadores en el país tienen un ingreso promedio diario máximo de 194.28 pesos. Sin embargo, al analizar a detalle, el doctor Torres precisa que el 25% de la PEA se ubica en el margen de los que ganan solo un salario mínimo al día. Otro 20% percibe dos salarios mínimos por jornada laboral.

Si se toma en cuenta que entre el 40 y el 60% del ingreso de este sector poblacional se destina a la compra de comida, se tiene a la vista un grave problema de subsistencia. “Hay un déficit de consumo de alimentos. La gente consume lo básico de lo básico”, advierte el especialista.

De acuerdo con su evaluación, “en México, quienes ganan entre uno y tres salarios mínimos no alcanzan a cubrir la canasta básica”. Como consecuencia, la alimentación de esta parte de la población “no es diversa. Todo esto lleva a una disminución de la calidad de vida. Quienes antes consumían carne, ahora se tienen que conformar con vísceras o embutidos”, señala Torres Torres.

Además de tener problemas para cubrir el rubro de la alimentación, también llegan a tener otro tipo de carencias. “Aparte de que están mal comidas y mal vestidas, estas personas llegan a endeudarse”, sostiene el especialista, ya que suelen adquirir productos crediticios, particularmente los ofrecidos por tiendas minoristas.

Ese dinero plástico llega a utilizarse para pagar productos de la canasta básica, lo que deteriora el ingreso aún más, ya que en el mejor de los casos solo se cubre el llamado pago mínimo, lo que a la larga acaba convirtiendo al crédito en una deuda impagable, que mes a mes socava las finanzas familiares.

De este modo, el doctor Felipe Torres llega a la siguiente conclusión: “La diferencia que hay entre el deterioro del ingreso y la cobertura de la canasta básica alimentaria alcanza a más de 50 millones de mexicanos”.

Por lo tanto, casi la mitad de la población del país vive en un “estado de subconsumo latente”, lo que acarrea varias consecuencias negativas, ya que el costo de la canasta básica repercute en términos de la calidad del consumo.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, los requerimientos mínimos nutricionales se deben ubicar entre 2,600 y 3,000 calorías diarias, además de que se deben consumir entre 70 y 80 gramos de proteína, aunque los sectores más desprotegidos del país solo llegan a ingerir entre 35 y 40 gramos.

“Nos encontramos ante un claro escenario de subalimentación que influye, de manera directa, en el desarrollo del país por sus secuelas en la desnutrición, la competitividad en el trabajo y en el desarrollo intelectual”, ha llegado a declarar.

Crisis continuas y cambios de estilo de vida

Felipe Torres admite que el maíz en sus diferentes elaboraciones se encuentra en la base de la dieta nacional. Por ello, la inestabilidad que ha presentado el precio de este insumo ha acarreado una espiral inflacionaria.

A partir de un estudio, el investigador detectó que el precio de la tortilla se ha incrementado en más de 400 por ciento entre el año 2000 y el presente, lo que ha representado una merma para el ingreso, pero también una disminución en el consumo.

Al igual que otros especialistas, el investigador del IIEc sostiene que las políticas aplicadas por el gobierno federal con respecto al campo, han repercutido negativamente. La falta de subsidios y de apoyo técnico ha propiciado una fuerte migración hacia las ciudades o a Estados Unidos, con la consecuente caída en la producción. Tan solo en 2012 se tuvieron que importar 10 millones de toneladas de maíz.

De acuerdo con Torres Torres, el 60% ciento de las calorías y el 30% de las proteínas promedio de la dieta de la población, provienen de la ingesta del cereal, y en particular de las tortillas.

Por otro lado, retoma la paradójica situación generada por el incremento del sobrepeso y la obesidad, que ya afecta al 70% de la población mexicana. Para el especialista, esta situación no es un factor de bienestar, sino “un fenómeno de la pobreza”, que se combina con el cambio de hábitos alimenticios que ha tenido lugar en el país desde la década de los setenta del siglo XX.

A este se debe añadir las condiciones laborales impuestas a buena parte de la población trabajadora, que impiden llevar una alimentación sana, lo que ha conducido a la chatarrización de la dieta. Ante la imposibilidad de desayunar, almorzar o cenar en casa, las personas han recurrido a la comida industrializada o a la que se vende en la calle.

Para Felipe Torres, la llamada guajolota o torta de tamal es tan dañina como las frituras, los refrescos o las sopas instantáneas, toda vez que aporta calorías a través de grasas y carbohidratos, pero muy pocos nutrientes.

El abandono del campo y los nuevos hábitos de consumo han redundado en una situación cada vez más complicada. Y si bien el investigador admite que no se dan casos de hambruna como en otros países, sí se está al borde del malestar social.

Felipe Torres recuerda que los movimientos armados más violentos de la historia nacional han sido consecuencia de la desigualdad y del hambre que padecían millones de personas.

 

por Yassir Zárate Méndez

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