Las cinco placas tectónicas de México

Un movimiento sin fin
Por José Antonio Alonso García
A través de los sismógrafos, la ciencia se adentra en la corteza terrestre para ir desvelando poco a poco las cinco fuentes de todos los sismos que remecen nuestro territorio.
Tal vez el poeta potosino Francisco González Bocanegra, compositor de la letra de nuestro himno nacional, haya tenido en mente en 1853 los cuatro temblores (1806, 1818, 1843, 1845) que habían derribado en las cuatro ocasiones las torres y la cúpula de la catedral de Guadalajara. Tal vez por eso versificó: “Y retiemble en sus centros la tierra”.

Lo cierto es que en nuestro país cada hora el Servicio Sismológico Nacional (SSN) registra varios sismos de más de una unidad de magnitud. Por ejemplo, durante 2019, cada 60 minutos se verificaron, en promedio, tres sismos y un año antes la relación fue de siete temblores cada dos horas.
“Apenas unos centímetros al año”
Las cinco placas tectónicas en que se asienta nuestro territorio no descansan. Nunca han descansado. “Están en constante movimiento y se mueven, más o menos, en razón de la velocidad a la que nos crecen las uñas, es decir, apenas unos centímetros al año”, asevera la doctora Xyoli Pérez Campos, jefa del Servicio Sismológico Nacional.
Y eso que no todos los sismos se reportan, “porque pueden ser tan chicos que no es posible obtener una buena localización o una buena magnitud, por lo que no pasan a formar parte del catálogo del SSN. Puede suceder que algunos sí se registren, pero no se reporten; por ejemplo, alguno que acontece muy lejos del sismógrafo más cercano, y entonces sí se puede registrar, pero no se alcanza a ubicar bien su epicentro o a definir su magnitud, por lo que no se reporta”, especifica Pérez Campos, egresada de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, que formó parte de la primera generación del Programa de Alto Rendimiento Académico, donde obtuvo el título con mención honorífica en Ingeniería Geofísica; además, recibió la medalla Gabino Barreda.
México cuenta con pocas estaciones de registro. De hecho, no llega a las dos centenas (solo California tiene más de 700). En el centro-norte del país, por ejemplo, prosigue la investigadora doctorada en la Universidad de Stanford, un sismo de magnitud 3.8 puede ser que no quede registrado. El territorio es muy amplio, contamos con pocos sismómetros y en esa zona del país debe de haber sismos pequeños que rebasan nuestras capacidades de registro.
Pacífico, Norteamérica, Caribe, Cocos y Rivera
De las cinco placas, las más viejas son Pacífico y Norteamérica. Y Rivera, que se desprendió de Cocos, es la más joven. A su vez, Cocos, hace 23 millones de años, se despegó de una placa más grande, conocida como Farallón. Y Rivera se separó de Cocos hace 12 millones de años.
Las interacciones entre ellas son muy peculiares, porque Pacífico y Norteamérica se mueven relativamente de manera horizontal. Ese movimiento horizontal es el que ha provocado la apertura del golfo de California hace, aproximadamente, doce millones de años.
Cuando oímos que la península de Baja California se va a separar, explica la investigadora, la realidad es que se está separando desde hace doce millones de años. Originalmente, era parte del continente y pertenecía a la placa de Norteamérica. Debajo de esa zona de Norteamérica estaban subduciéndose dos placas que también eran resultado de la ruptura de Farallón. Una se llamaba Magdalena y la otra Guadalupe. Estas dos placas se introdujeron completamente al manto y, como consecuencia, se juntaron Pacífico y Norteamérica.
“En ese acercamiento se empieza a romper el continente y a formar la península y el Golfo de California. La península pasa a formar parte de la placa del Pacífico y deja a Sonora y Sinaloa en la de Norteamérica”.

La formación de la placa del Caribe aún no está bien definida. Algunas teorías sostienen que proviene de la zona que está al sur de Guerrero y que se fue deslizando de manera lateral hasta llegar hasta donde ahora está Centroamérica. Sin embargo, otra teoría la ubica en otro lado y apunta que se va moviendo.
La placa del Caribe está al sur de México, en Chiapas y todo Centroamérica, y se mueve lateralmente respecto a Norteamérica, “por lo que en esta zona hay sistemas de fallas laterales muy importantes”.
Magnitud 8.6 y gran tsunami
Cocos y Rivera son las que más problemas nos causan, señala la doctora Pérez Campos, porque por su choque con Norteamérica es cuando se producen los mayores sismos. Me las imagino, explica, como alguien que quiere mover un mueble muy pesado en una sala alfombrada, lo empuja, pero se le atora. Cuando avanza un poco, es como un sismo pequeño. Le da un jalón fuerte, y eso es como un sismo más grande.
En la historia de registros sísmicos, uno de los mayores, de magnitud 8.2 grados de magnitud, fue el de 1932, en Jalisco-Colima, que fue resultado de la interacción entre Rivera y Norteamérica. Por su parte, Cocos ha provocado el sismo intraplaca del 7 de septiembre de 2017 en el golfo de Tehuantepec, así como el de 8.1 del 19 de septiembre de 1985 con epicentro en las costas de Michoacán.
Recuerda la doctora que hubo uno el 28 de marzo de 1787, en las costas de Oaxaca, al que se le estima una magnitud de 8.6. Ocasionó un tsunami que arrasó la costa hasta seis kilómetros tierra adentro. Durante los siguientes 40 días, en todas las poblaciones se estuvieron percibiendo cientos de réplicas del sismo. Afortunadamente, la costa estaba poco poblada, por lo que provocó un número relativamente bajo de víctimas para un tsunami de esa magnitud.
Un sismo intraplaca
Acostumbrados como estamos a escuchar que el epicentro de los sismos importantes siempre se ubica en la zona costera, el acontecido el 19 de septiembre de 2017 en Morelos generó mucho desconcierto tanto por su ubicación como por su intensidad en la Ciudad de México.
La jefa del Sismológico, no obstante, afirma que los sismos intraplaca “no son ni peculiares ni raros, solo son menos frecuentes. Lo que pasa es que no estamos acostumbrados a ellos, porque los habidos en los últimos cien años han ocurrido un poco más lejos de la Ciudad de México. Y con ese ‘un poco’ era suficiente para que las ondas no llegaran con tanta energía y no impactaran tanto en la capital del país. Sin embargo, algunos de esos ocasionaron daños importantes en Puebla o Huajuapan de León”.
El suelo que pisamos

¿Qué suelo pisamos en la Ciudad de México, el de la placa de Norteamérica o el de la de Cocos? La respuesta de la doctora es muy esclarecedora: “Estamos parados en la placa de Norteamérica, pero debajo de ella, aproximadamente a unos 200 kilómetros de profundidad, se encuentra Cocos. Esta placa inicia su subducción a 70 kilómetros más allá de la costa, en mar abierto. A Cocos la hemos podido identificar hasta 570 kilómetros de profundidad, y eso está, aproximadamente, un poco al norte de Pachuca”, detalla la científica.
El movimiento no es homogéneo a lo largo de toda la línea de contacto entre las placas, conocida como trinchera, pues unas zonas se mueven más rápido y otras con mayor lentitud. Y no solo eso, precisa Pérez Campos, sino que en algunos lugares hay algo que impide el movimiento, y ahí es donde se acumula el esfuerzo, y donde finalmente se rompe y genera el sismo.
Para terminar, la doctora Xyoli Pérez Campos, jefa del Servicio Sismológico Nacional, recordó que solo tenemos registros y datos de los últimos 120 años, y hay ciclos geológicos que duran más de mil años, por lo que aún queda mucho tiempo antes de que se pueda estimar la ocurrencia de un evento de esta índole.



