Historia de la Ciencia

Mujeres científicas del siglo XIX

Como en siglos anteriores, las mujeres tuvieron que enfrentarse a la inercia social que las condenaba a una vida en las sombras, vedándoles las aulas y los laboratorios.

Y aun aquellas que lograron hacerse de un nombre, tuvieron que sortear  muchos obstáculos a lo largo del camino.

El siglo XIX siguió siendo igual de hostil que otras centurias para las mujeres que aspiraban a desarrollar su talento y habilidades en la ciencia. Sin embargo, a pesar del adverso panorama, un puñado de ellas destacó en campos como las matemáticas y la astronomía. O fueron auténticas pioneras en disciplinas como la programación informática o la ecología. Echemos un vistazo.

El lenguaje de las máquinas

Las matemáticas y la poesía pueden seguir trayectorias muy singulares para coincidir en un mismo punto. George Byron es uno de los más extraordinarios poetas, no solo en lengua inglesa, sino de toda la historia; fue alguien que encarnó los ideales del romanticismo hasta sus últimas consecuencias. Su esposa fue Anne Isabella Milbanke, baronesa de Wentworth, que contaba con un talento innato para las matemáticas, detalle que tiene una importancia capital en esta historia.

El matrimonio Byron duró muy poco, apenas lo suficiente para ver el nacimiento de su única hija, Ada, en 1815. Un mes después del alumbramiento, el poeta salió de Inglaterra, envuelto en la polémica por su intensa vida bohemia, no exenta de escándalos, que la rígida sociedad inglesa condenaba.

Para evitar que la pequeña Ada siguiera los pasos de su padre, Lady Byron decidió darle una educación basada en la lógica y la razón, para lo que recurrió a las matemáticas como instrumento de enseñanza.

A final de cuentas, la medida arrojó buenos resultados. A los 14 años, durante una tertulia, Ada conoció a Mary Sommerville, una de las más destacadas científicas inglesas, quien a su vez la presentó con Charles Babbage, el llamado padre de la computación.

Babbage estaba embarcado en la empresa de construir una máquina que pudiera efectuar complejos cálculos matemáticos, cuyos resultados serían almacenados para ocuparlos en nuevos procesos. Se trataba de la llamada máquina analítica, que funcionaría con un motor a vapor y tendría un uso general.

El matemático e inventor nunca pudo materializar su proyecto por diferentes razones, aunque sí estimuló a Ada a plantearse cómo podría suministrarse la información a la máquina.

Ada, que para entonces ya se había casado y se apellidaba Lovelace, aunque contaba con el beneplácito de su marido para seguir con sus investigaciones, propuso que se alimentara con tarjetas perforadas, en las que se escribirían las instrucciones que el aparato debería ejecutar. En otras palabras, propuso lo que ahora conocemos como algoritmo, es decir, un conjunto cerrado de órdenes. Por esta idea, Ada Lovelace es considerada como la primera programadora informática.

En 1979, el ejército de Es-tados Unidos bautizó como ADA a un lenguaje de entorno Pascal, en honor de la matemática inglesa. También desde hace algunos años se conmemora el Día de Ada Lovelace, cada 15 de octubre, en honor a todas las mujeres que han realizado aportaciones a la ciencia y a la tecnología.

Pionera de la ecología

Ellen Swallow Richards fue la primera mujer admitida por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por sus siglas en inglés), aunque sus estudios en química no fueron reconocidos oficialmente, debido a que el claustro universitario se negaba rotundamente a otorgar el grado de doctor a una mujer. Ellen dedicaría buena parte de su vida a luchar para que ellas tuvieran las mismas oportunidades académicas que los varones.

Nació en Dunstable, un pueblito de Nueva Inglaterra, donde sus padres, granjeros y profesores de primaria, la educaron hasta los 25 años. En 1871 fue admitida, “a título experimental”, por el MIT, en cuyas aulas desarrollaría investigaciones relacionadas con el impacto que genera en el ambiente el proceso de industrialización. Antes había hecho estudios en el Vassar College, institución dedicada a la preparación académica de las mujeres.

Es considerada como pionera de la ecología y de la ingeniería ambiental, por sus estudios sobre la calidad del aire, el agua y el suelo, a pesar de las reticencias mostradas por sus colegas. Su tenacidad se vio recompensada con la aportación de fondos por parte de la sociedad bostoniana, que financió un Laboratorio de la Mujer, dirigido por Ellen, y en el que se daban nociones de química, biología y hasta mineralogía. Argumentaba que las mujeres deben “armarse de amplios conocimientos en química así como en las leyes de la física y la mecánica”.

La primera profesora europea de matemáticas

La universidad sueca de Esto-colmo fue la primera institución de nivel superior en conceder a una mujer una plaza de profesora en matemáticas, aunque la académica no era de Suecia, sino de Rusia. Se trata de Sofía Kovalévskaya, originalmente lla- mada Sonia.

De origen gitano y descendiente del rey húngaro Matías Corvino, Sofía mostró un temprano gusto por la poesía y la lectura, aunque acabarían siendo las matemáticas el terreno donde más destacaría.

Instruida por el tutor de la familia, Sofía comenzó a mostrar talento para las matemáticas, particularmente para el álgebra.

Sin embargo, su padre, quien gozaba de buena fama como matemático, a pesar de que era un general de artillería, se opuso a que continuara preparándose. Fue hasta que el profesor Tyrtov, un amigo matemático de la familia, apreció la habilidad de Sofía, que la chica prosiguió su preparación, bajo la guía de tutores particulares.

Paradójicamente, un matrimonio arreglado le permitió escapar de la autoridad paterna. Entre las jóvenes de la alta sociedad rusa se volvió práctica común acordar casamientos por conveniencia, con el propósito de obtener un pasaporte y de esa manera poder salir del país.

Kovalévskaya recurrió a esta artimaña, debido a que las universidades rusas prohibían la inscripción a las mujeres. El elegido fue Vladimir Kovalevsky, quien, curiosamente, estaba destinado para su hermana mayor.

Una vez casados, los jóvenes se trasladaron a Heidelberg, en Alemania. La mala suerte parecía acompañarlos, porque descubrieron que ahí tampoco se aceptaba a las mujeres en las aulas universitarias. Pero ella estaba decidida a estudiar matemáticas, por lo que consiguió que el profesor Karl Weierstrass, de la Universidad de Berlín, le diera clases particulares entre 1871 y 1874.

De la capital germana partió hacia París, donde conoció a los matemáticos más celebres de su época: Charles Hermite, Henri Poincare y Charles-Émile Picard. En Francia, Kovalévskaya fue aceptada en la Sociedad Matemática.

El mismo año de la muerte de su marido, en 1883, partió hacia Estocolmo, para trabajar en la universidad, aunque sin recibir salario, debido a su condición de mujer y a que estaba a prueba para demostrar su capacidad. Sus alumnos le pagaban directamente, además de que una suscripción popular ayudaba a nivelar sus ingresos.

Se cuenta que al llegar a Suecia fue saludada por un periódico local, que la llamó princesa de la ciencia, a lo que respondió: “¡Una princesa! Si tan solo me asignaran un salario”. Su situación cambió al año siguiente, cuando fue nombrada oficialmente profesora, por un periodo de cinco años, con lo que se convirtió en la primera catedrática europea en esta ciencia.

En las siguientes entregas de El faro echaremos un vistazo a los logros que han tenido las mujeres a lo largo de la historia de la ciencia.

pleca_gris

Por Yassir Zárate Méndez

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba