La infatigable mente de Rita Levi-Montalcini
Hace 105 años, el 22 de abril de 1909, nació una de las más destacadas neurocientíficas de la historia. Con su descubrimiento del factor de crecimiento nervioso, Rita Levi-Montalcini abrió un sendero para entender cómo funcionan las neuronas.

“El cerebro no debe jubilarse nunca”,
aconsejaba la neuróloga italiana Rita Levi-Montalcini, a quien se concedió el Premio Nobel de Fisiología en 1986, y que siguió al pie de la letra su propia recomendación, porque en sus 103 años de vida jamás dejó que su brillante mente se tomara un respiro.
“¡La jubilación está destruyendo cerebros! Mucha gente se jubila, y se abandona… Y eso mata su cerebro. Y enferma”,
declaró en una entrevista, recogida en el sitio www.itongadol.com.ar.
Rita Levi-Montalcini nació en Turín, Italia, cinco años antes de que se iniciara la Gran Guerra de 1914. Quince años después, Benito Mussolini tomaría el poder, atrapando a las masas con un discurso incendiario, que sedujo al cerebro límbico, el hemisferio derecho, que en palabras de la científica italiana “no ha tenido un desarrollo somático ni funcional”.
La gran pasión de Levi-Montalcini fue el cerebro, a cuyo estudio consagró su vida, retando la voluntad de su padre, Adamo Levi, quien quería verla casada y convertida en una buena madre. Curiosamente, en su autobiografía, publicada en el sitio de los Premios Nobel, Rita reconoce que su progenitor era un dotado matemático, que había seguido la carrera de ingeniero eléctrico, en una época en la que estos especialistas gozaban de una sólida reputación por sus contribuciones al progreso de Italia.
Sobre él, la Premio Nobel también recordaba que
“Era una persona de gran valor intelectual y moral, pero un victoriano. Desde niña estaba contra eso, porque veía a mi padre dominar todo, y decidí que no quería estar en un segundo plano como mi madre, a la que adoraba. Ella no mandaba. Dije a mi padre que no quería ser ni madre ni esposa, que quería ser científica y dedicarme a los otros, utilizar las poquísimas capacidades que tenía para ayudar a los necesitados. Que quería ser médica para poder ayudar a los que sufrían. Él me dijo: ‘No lo apruebo pero no puedo impedírtelo’ ”.
Fue una rebelde en toda la línea, no solo porque desafió a la figura paterna, que tuvo que plegarse a la vocación de la entones jovencísima Rita, sino que también se impuso a un entorno particularmente hostil con ella, por su condición de mujer y de judía.
De remotos orígenes sefardíes, Levi-Montalcini tuvo que esconderse un tiempo, cuando Mussolini trató de emular a Adolf Hitler, con la promulgación de una serie de leyes que perseguían a los judíos.
Sobre estos dictadores, Levi llegó a decir que “Hitler y Mussolini supieron hablar a las masas, en las que siempre predomina el cerebro emocional sobre el neocortical, el intelectual. ¡Manejaron emociones, no razones!”.
Pero ella no se arredró. Para ese momento ya había concluido su formación en medicina, en el Instituto de Anatomía Humana, de la Universidad de Turín, y comenzaba a investigar sobre el sistema nervioso.
En 1936, Mussolini promulgó el Manifiesto por la defensa de la raza, lo que apartó a Rita Levi de la vida académica; tuvo que exiliarse en Bruselas en 1938, aunque un par de años más tarde regresaba a Turín, donde prosiguió sus investigaciones, haciéndolo desde la clandestinidad, ya que no podía acudir a la universidad o a algún centro de investigación, por su condición de judía.
Fue aquí donde volvió a salir a flote su carácter y determinación, ya que habilitó un pequeño laboratorio en su habitación, donde prosiguió sus investigaciones, que mantuvo en las mismas condiciones cuando se desplazó con su familia hacia Florencia, para huir de la ocupación alemana, en 1943, ya en los estertores del conflicto que desangraba al mundo.
Una vez terminada la guerra, Levi se embarcó rumbo a Estados Unidos, donde continuó con sus investigaciones en la Universidad Washington, de San Luis Missouri, al lado del bioquímico Viktor Hamburger, al tiempo que impartía clases de neurobiología; de hecho, Hamburger había inspirado a Rita a continuar sus estudios sobre la fisiología cerebral.
En la Unión Americana se enfocó en el estudio del tejido nervioso del embrión de pollo. Durante un tiempo vivió en Brasil para colaborar en el Instituto de Biofísica de la Universidad de Río de Janeiro.
En esa entidad académica consolidó su trabajo, que desembocó en el descubrimiento del factor de crecimiento nervioso, es decir, identificó la forma en que se activa el desarrollo de las neuronas, hallazgo que sirvió
“para afrontar patologías neuronales degenerativas que, al comienzo del tercer milenio, afectan a una parte importante de la población mundial”.
El hallazgo le valió a ella, y a su colaborador, Stanley Cohen, el Premio Nobel de Medicina en 1986.
Su labor como neurocientífica la llevó a fundar el European Brain Research Institute, donde solo colaboraban mujeres y en el que se desarrollan investigaciones en torno al cerebro.
Además, estableció la Fundación Rita Levi-Montalcini Onlus, organismo que se dedica a costear los estudios de mujeres africanas, quienes enfrentan la exclusión impuesta por los varones de sus países, particularmente donde el fundamentalismo impide a las chicas acudir a la escuela.
En agosto de 2001 fue designada senadora vitalicia, lo que le permitió incidir en la política pública de Italia, poniendo particular interés en la asignación de recursos para ciencia y educación.
Pero su preocupación, hasta el último momento de su vida, fue el estudio del sistema nervioso, y en particular del cerebro humano, ese órgano al que llamaba la Galaxia Mente, título de uno de sus libros, donde consigna que
“Los conocimientos que hoy tenemos de los circuitos cerebrales son cruciales para la comprensión de la mente. Esta propiedad es la conquista suprema de la materia viva. A ella le debe Homo sapiens el privilegio de escalar las cimas del bien, la trágica posibilidad de caer en las simas del mal, y la capacidad para salir airoso de los abismos del sufrimiento”.
Cuando se asomaba al primer centenario de vida, fue motivo de muchas entrevistas, en las que invariablemente se le preguntaba sobre el secreto de su longevidad, pero sobre todo de su excelsa lucidez intelectual, a lo que se limitaba a hacer la siguiente recomendación:
“Mantén tu cerebro ilusionado, activo, hazlo funcionar, y nunca se degenerará”.
También decía que comía como un pajarito, dejando que el cuerpo hiciera lo que quisiera:
“yo no soy el cuerpo: yo soy la mente”.
Por Yassir Zárate Méndez yassirz@cic.unam.mx



