

Por Yassir Zárate Méndez
El sismo del pasado 7 de septiembre, de magnitud 7.1 y con epicentro a once kilómetros del puerto de Acapulco, desató una oleada de comentarios, principalmente en plataformas como Facebook y Twitter, en los que se machacaba con una idea: septiembre es el mes de los sismos en México.

Coincidencias
Hasta ahora, ninguna evidencia empírica respalda dicha idea. En todo caso, se trata de una simple coincidencia, como apunta el doctor Víctor Hugo Espíndola Castro, responsable del área de Análisis, del Servicio Sismológico Nacional, adscrito al Instituto de Geofísica de la UNAM.
“Es una coincidencia, porque si damos un cronograma de sismos fuertes que han afectado a poblaciones, vemos que están distribuidos en todo el año; digamos que no hay una preferencia”, asienta el también académico universitario.
En esa singularidad es donde caen los eventos ocurridos el 19 de septiembre de 1985 y el 7 del septiembre de 2017, así como el del 19 de septiembre de ese mismo año.
Ver al noveno mes del año como el de los sismos en México es, en todo caso, una percepción reforzada por la ocurrencia de esos movimientos de tierra, todos ellos con resultados catastróficos, pero sin ninguna relación con nuestro calendario. En otras palabras, un sismo puede ocurrir en cualquier momento.
El impacto en las grandes ciudades
Para el investigador de la UNAM, otro factor que incide en esta percepción es el del impacto que los terremotos de septiembre han tenido en grandes ciudades, principalmente en la capital del país.
La gente recuerda aquello que afecta el curso de su vida. Un desastre como un terremoto de alta intensidad acaba instalándose en la memoria colectiva. Además, un fenómeno de esta naturaleza ocurrido en una gran urbe, va a tener una mayor cobertura por parte de los medios de comunicación, lo que intensifica el impacto.
A manera de ejemplo, basta con recordar el sismo del 16 de febrero de 2018, ocurrido apenas cinco meses después del que afectó de manera muy severa a la Ciudad de México, y que tuvo lugar en Pinotepa Nacional, Oaxaca, cuya magnitud fue de 7.2 y que causó muchos estragos en la región.
Con toda probabilidad, a la mayoría de la gente le pasó por alto lo sucedido, salvo a las personas directamente afectadas en la zona.
Un caso más: el año pasado, el 23 de junio, se registró un sismo de 7.4, es decir, de mayor magnitud que el de este 7 de septiembre, en el área de Huatulco, que también tuvo efectos en esa región, pero que muy probablemente la gente lo ha olvidado, porque no sufrió sus estragos, por lo menos la gente de las ciudades donde pudo percibirse, pero sin que hubiera daños o fallecimientos.
“Hasta en esas cuestiones estamos muy centralizados. Cuando no ocurren en nuestras ciudades grandes, no importa. Quedan en el olvido”, indica.
En el caso del 7 de septiembre, el suceso se dio en la región límite entre la placa de Cocos con la de Norteamérica, donde se asienta la mayor parte del territorio nacional. Es la llamada trinchera mexicana, punto en el que se han originado muchos de los terremotos de mayor magnitud.
El movimiento de estas dos placas, con la de Cocos subduciendo ante la de Norteamérica, genera una fricción que llega a puntos en los que se libera la energía acumulada, con la subsecuente generación de ondas sísmicas.
Las lecciones de las catástrofes
A raíz de los sismos de septiembre de 1985, se echó a andar en el país el Sistema Nacional de Protección Civil, una de las principales medidas para hacer frente a las catástrofes naturales y a los percances provocados por la actividad humana, como accidentes en centros fabriles, derrames o fuga de combustibles.
Espíndola Castro acota que la lección más importante que nos han dejado episodios de ese tipo es la de la prevención, “prevenir que los fenómenos, en particular el sísmico, pueden ocasionar desastres”.
A partir de 1985, la lección que dejaron los sismos, sobre todo en la Ciudad de México, pero también en otras ciudades de la República Mexicana, fue la integración de una red de protección civil, como un ente institucionalizado.
“Ahora ya tenemos estas instancias de protección civil a nivel federal, estatal y municipal, que no nada más están pensadas para la cuestión sísmica, sino también para prevenir desastres de origen humano”, refiere el experto.
México se extiende en un territorio donde se presentan con alta frecuencia eventos como sismos, ciclones tropicales, corrimientos de tierra y erupciones volcánicas. Por ello, es indispensable contar con mecanismos y personas capacitadas para hacer frente a los desastres.
“Recordemos que, en sí, estos fenómenos físicos o geofísicos siempre han existido”, recalca el doctor Espíndola Castro, pero a medida que los asentamientos humanos se van extendiendo en los lugares menos indicados, a veces por razones económicas, y ocurre un fenómeno de este tipo, se incrementa la probabilidad de un percance. “Ya lo hemos visto en cuestiones meteorológicas, o también en cuestiones físicas”, acota.
Ante esta situación, lo mejor es obtener la mayor cantidad de información y así contar con más elementos para prevenir desastres.
Predicción de sismos
A pesar de varios proyectos e intentos para predecir los terremotos, hasta el momento estos fenómenos siguen superando la tecnología que hemos desarrollado.
“Hay muchas teorías y muchos estudios que se han hecho, pero no son concluyentes”, asienta el doctor Espíndola.
Uno de esos estudios se centró en el radón, un gas del que se ha documentado su presencia en los grandes sismos, aunque en otras ocasiones también se ha detectado, sin que se produjera un evento. “Entonces no fue muy concluyente”, acota.
En su momento, investigadores chinos se enfocaron en el comportamiento de los animales, e incluso obtuvieron algunos resultados en la década de los setenta del siglo XX. Sin embargo, en 1976 un terremoto causó la muerte de más de 500,000 personas, lo que dio al traste con ese acercamiento para predecir los movimientos telúricos.
A pesar de estos contratiempos, queda la esperanza de que en algún momento se desarrolle la tecnología que nos permita saber cuándo ocurrirá un evento de este tipo. Incluso ahora mismo los servicios de alerta sísmica nos dan algunos segundos de ventaja, lo que ha ayudado a atenuar los efectos catastróficos cuando la tierra se sacude.



