Hallazgos

Una planta sin igual: el nopal

Entre la flora que encontraron los conquistadores europeos sobresalió el nopal, una planta que llamó la atención no solo por su forma, sino por los múltiples beneficios que ofrecía.

Cuando los conquistadores españoles observaron por primera vez la diversidad de plantas, flores, frutos, semillas y raíces que había en Mesoamérica quedaron deslumbrados.

De toda esa flora, el nopal fue una de las plantas que más llamó la atención de los europeos; les causó tal extrañeza que llegaron a calificarla de monstruosa y salvaje, porque no encontraban ninguna correspondencia con lo que se conocía en Europa. Una de las investigadoras universitarias que más conoce sobre plantas comestibles de América y su historia es la maestra en ciencias Montserrat Gispert Cruells, catedrática de la Facultad de Ciencias.

En los códices

El nopal es una de las plantas más emblemáticas de México. Ejemplares de los géneros Opuntia y Nopalea protagonizan cuentos y leyendas, destaca nuestra entrevistada. Su imagen también ilustra los códices Boturini, Florentino y Mendocino; asimismo, aparece en las obras de algunos cronistas de la Nueva España, como Gonzalo Fernández de Oviedo, el protomédico Francisco Hernández y los frailes Bernardino de Sahagún y Toribio de Benavente.

Montserrat Gispert cita el pasaje que se encuentra en la Tira de la peregrinación de los mexicas (Códice Boturini), en la que se relata el viaje que emprendió este grupo indígena desde Aztlán hasta el Valle de México. El documento especifica que la nueva capital de los aztecas se establecería en el punto en el que encontraran a un águila posada sobre un nopal. “Y ahí fue donde fundaron la gran ciudad”, precisa.

De acuerdo con la experta, el término nahua nochtli significa tuna, mientras que teotl equivale a dios, y tlan puede ser topónimo de lugar o cosa, con lo que la palabra Tenochtitlan podría significar “En el lugar de los dioses que tienen tunas”.

Salvador Novo, en su libro Cocina mexicana o historia gastronómica de la Ciudad de México, narra una de las leyendas más conocidas sobre el origen del nopal. “Recordémoslo: la tribu se hallaba ya acampada en Chapultepec cuando el joven Cópil, hijo de la hechicera Malinalli, llegó en busca de su tío Huitzilopochtli para matarlo en venganza… Pero Cópil fue el muerto. Y su rencoroso corazón arrojado a las aguas profundas de la laguna. Ahí germinó, nació, creció. Asumió la forma de un nopal coronado por tunas”.

Como una evocación de lo dibujado en los códices prehispánicos, en 1916 el entonces presidente Venustiano Carranza determinó que el escudo nacional estaría conformado por la imagen de un águila real posada sobre un nopal mientras devora a una serpiente, composición que se mantiene hasta nuestros días.

“El nopal fue muy importante para los habitantes nómadas de Mesoamérica. Cuando caminaban comían tuna para mitigar la sed, posteriormente lo cultivaron en pequeños huertos de zonas semiáridas, y más adelante se extendió su cultivo”, destaca Montserrat Gispert.

Culturalmente, el nopal y la tuna tuvieron gran significado entre varias poblaciones mesoamericanas, razón por la cual aparecen en muchos de los códices que han llegado hasta nuestros días.

Testimonio de los cronistas

El vasto conocimiento que tenían los habitantes originarios de Mesoamérica sobre las plantas y sus usos, permitió que Francisco Hernández, médico de amplias facultades otorgadas por el rey Felipe II, reconociera las siete variedades de tuna que más se consumían en la Nueva España.

Hernández indagaba entre la sabiduría de los residentes: “Escribía todo lo que veía que se usaba y que servía para algo. Venía acompañado por un dibujante y junto con él hacía las descripciones de las plantas; de hecho, Hernández es quien describe los siete tipos de tunas en náhuatl”, destaca Gispert Cruells.

“Basan sus nombres en los tipos de flor, fruto, forma de las hojas, la primera llamada iztacnochtl porque su fruto es blanco; la segunda coznochitl porque da fruto amarillo, el tltatonochtli es una tuna blanca tirando a bermejo, tiene hojas verdes y algo purpúreas… el cuarto género llamado tlapalnochtli es de fruto escarlata, un quinto de nombre tzaponochtli se asemeja con el fruto que llaman tzapotl… El zacanochtli de tuna herbácea o silvestre… Hay también el xoconochtli parecido al zacanochtli pero de hoja y frutos ácidos de donde toma el nombre”, detalla el protomédico hispano en su obra La Historia de las plantas de la Nueva España, testimonio de su primera exploración a territorio mexicano entre 1571 y 1576. Esta obra fue editada por la UNAM y está publicada en cinco tomos.

Otro cronista impresionado por la tuna y el nopal es Gonzalo Fernández de Oviedo, quien le encontraba similitud con los higos largos, mientras que para fray Toribio de Benavente su sabor era muy similar al de las peras y las uvas, y a fray Bernardino de Sahagún lo que más le impresionaba del nopal eran sus hojas anchas, gruesas y espinosas, así como la viscosidad que emanaba de ellas.

Usos prehispánicos

Desde tiempos prehispánicos el nopal y la tuna han estado vinculados con la cultura mexicana “con mayor fuerza en Zacatecas y el resto del Altiplano, en donde hay terrenos semiáridos; por ejemplo, en algunos sitios de Oaxaca se aprovechó la cochinilla (Daclylopius cocus), en el género Nopalea”.

Montserrat Gispert destaca que los huevecillos del insecto se usaban en tiempos prehispánicos para teñir ropa. “No había lana, pero casi todo lo que se hacía, tanto de ixtle, yute y algodón, se teñía con el tinte rojo de la cochinilla”. Por otro lado, el género Opuntia fue poco conocido en Veracruz y se desconocía en Chiapas, donde a la fecha se consume poco, destaca la experta.

Maravillado por el cultivo de la cochinilla, Francisco Hernández describe en su obra “…gusanillos redondos por fuera blancos, por dentro color grana… por industria del hombre ponen sus huevecillos en los nopales en la estación propicia y que los indios acostumbran llamar nocheztli y los españoles cochinilla”.

Varios cronistas dejaron testimonio sobre el uso que los vencidos daban a la planta. Observaron que la penca abierta del nopal se usaba en caso de inflamación, que la infusión de las flores del nopal memelo se daba a los niños para prevenir el empacho, que la raíz cocida detenía diarreas y que la baba –a la que llamaban goma– templaba el calor de los riñones y de la orina; si la goma era mezclada con jugo de pitahaya se controlaban las fiebres biliosas.

El nopal, junto con otras plantas, fue diseminado por los conquistadores alrededor del mundo, e incluso motivó que varios científicos consideraran por mucho tiempo que el origen de Opuntia estaba en África. El error permaneció en el saber popular a inicios del siglo XX, posteriormente se demostró que este género es originario de América. En el libro La seducción de los paladares, Montserrat Gispert asienta que se ha encontrado evidencia de que los nopales tuneros fueron cultivados desde 700 a.C en Tehuacán, México.

A pesar del asombro que les causó y las bondades que observaron sobre los usos de la planta, los conquistadores no le dieron uso comestible al nopal ni a la tuna., “En España se come tuna solo al sur de Andalucía, donde se vende localmente”, destaca Gispert Cruells.

En otros lugares el nopal se ha utilizado como forraje para animales, mientras que en algunas regiones se aprovechan sus atributos para obtener productos de la industria cosmética. En cambio, en Australia se convirtió en plaga alrededor de 1910 (ver El Faro N. 53). México sigue siendo el primer consumidor de tuna en América Latina, seguido de Chile, pero también hay demanda en Italia.

 

 

Por Sandra Vázquez Quiroz

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