Grandes Maestros

Herminia Pasantes. Viaje al cerebro

Herminia Pasantes Ordóñez es un referente mundial en las neurociencias. Desde el Instituto de Fisiología Celular, esta gran maestra universitaria ha consolidado una sólida trayectoria académica, que le ha dejado numerosos reconocimientos en el país y en el extranjero.

“El cerebro es el maestro de todo. Es el que manda”, sentencia la doctora Herminia Pasantes Ordóñez, cuando se le pregunta sobre la importancia de este órgano, quizás el más complejo de todos por el tipo de tejido celular que le da forma; esta singularidad presenta grandes retos para su estudio y comprensión.

En esta oportunidad, El faro conversó con quien fuera ganadora del Premio Universidad Nacional en 1991, por sus investigaciones en neurociencias.

Días de infancia

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Herminia Pasantes Ordóñez nació en la ciudad de México, el 18 de diciembre de 1936. Sus primeros años los pasó en “una enorme vecindad”, ubicada en el número 51 de la calle Chimalpopoca, en la colonia Obrera.

El lugar albergaba 50 departamentos, que se distribuían en torno a un gran patio, en el que jugaba “un montón de niños”. Una de esas pequeñas era la futura Premio Nacional de Ciencias y Artes, reconocimiento que recibió en 2001 en el área de Ciencias Físico-Matemáticas.

En esos años, el eco de la Segunda Guerra Mundial se dejaba sentir continuamente en los diarios de la época, que reflejaban el avance de los Aliados y de sus adversarios, las potencias del Eje, según nos cuenta la doctora Pasantes en un ejercicio de memoria y recuerdo.

Pero el conflicto bélico era un asunto de adultos, muy ajeno a la vida cotidiana de la pequeña Herminia, interesada más en organizar expediciones a los “oscurísimos” entresuelos que abundaban en la vecindad, a los que ella y sus amigos llegaban armados apenas con alguna lámpara o vela, a pesar de que “seguramente estaban llenos de bichos”, aunque nunca sufrieron percances en esas aventuras, con todo y la temeridad de la que hacían gala.

“No había televisión, así que uno tenía que buscarse su diversión en otro tipo de actividades, como el teatro, la bicicleta, los patines o las bodas entre los niños”, recuerda la investigadora, quien recalca que a esa edad “siempre estaba jugando en el patio”.

Gracias a que su padre trabajaba para una tienda francesa, Herminia Pasantes pudo acudir becada al Liceo Francés, donde estudiaban hijos de diplomáticos y la élite de la colonia gala en nuestro país.

En ese colegio tuvo oportunidad de mostrar su habilidad para el estudio. “Fui muy buena en la escuela. Era una estudiante interesada, disciplinada. Yo era de la colonia Obrera, pero era listísima. Me tenían respeto por eso. Yo les resolvía los exámenes y me daban cosas, como plumas o dulces, hasta que un día me dieron un reloj, que era lo que yo más quería en el mundo, pero fue la desgracia, y ahí se acabó el negocio, porque ese sí lo vieron mis papás y se descubrió lo que hacía”, rememora.[/accordion]

El rinconcito de Chopin

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A la edad de quince años, comenzó a aficionarse a la radio, tomada de la mano de compositores barrocos y clásicos.
“Había un programa que tenía nombre cursi, pero era bonito. Se llamaba El rinconcito de Chopin. Y ese era el que oía”, confiesa. El programa se transmitía a las 6:45 de la tarde, por la frecuencia de la XEN, a partir de una propuesta de Teresa del Conde, declarada admiradora del músico polaco.

Desde ese momento, Herminia Pasantes estableció una sólida relación con la música: “Ya a los 16 años acudía a los recitales de Bellas Artes. En la mañana me iba al concierto y luego comía sola en el Sanborns; luego regresaba a las funciones de danza, que eran extraordinarias. Estamos hablando de 1954 o 1953. Me acuerdo que en esas comidas las personas me veían raro, pero nunca nadie me molestó, ni nada. Los anteojos fueron una gran protección en mi vida, una gran ayuda”, refiere la también ganadora del Premio Nacional María Lavalle Urbina, quien imprime un ligero toque de humor a este pasaje de su historia personal.

Para cerrar este capítulo, cuenta que en su casa se escuchaba música popular, “pero buena. Se oía a Agustín Lara y a Carlos Gardel. Esos eran los importantísimos”.

Sin embargo, mostró predilección por la música clásica, teniendo en Bach, Beethoven, Mozart, Brahms y Schubert a sus compositores favoritos, mientras que del siglo XX destaca a Dmitri Shostakóvitch, de quien prefiere “su música de cámara, básicamente; las grandes sinfonías no tanto, algunos ballets son muy entretenidos, pero la música de cámara, los cuartetos, por ejemplo, son extraordinarios”, aunque admite que no puede inclinarse por un solo compositor, “como no se puede hablar de un autor favorito”. Por eso no deja de ir a conciertos cada vez que sus ocupaciones se lo permiten.[/accordion]

Vocación por la ciencia

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Tras su paso por el Liceo Francés, donde concluyó la secundaria, Herminia Pasantes cursó el bachillerato en una escuela de religiosas, donde volvió a demostrar su amor por el conocimiento.

“En preparatoria era retraída, pero por arrogancia, porque consideraba que todas mis compañeras eran un poco tontas. Tenía 15 años y ya escuchaba a Schubert, había leído a todo Balzac, a Salgari y Los Miserables. Era rara. Como usé los lentes desde chiquitita, pues me libré de tejer y de coser y todo eso. Tenía un tío que tenía una biblioteca bien seleccionada. De ahí saqué todo lo que leí”, relata la autora del libro De neuronas, emociones y motivaciones.

La afición por la lectura la hizo pasar por un breve momento de duda vocacional. Ya en preparatoria, y luego de tomar algunas clases de filosofía, sintió que su camino pasaba por la estación de las humanidades, aunque algunos detalles le hicieron pensar mejor las cosas, como nos cuenta: “En aquel tiempo solo eran dos años de bachillerato y uno tenía que escoger qué quería hacer, si se dedicaba a las ciencias sociales o a las biológicas. En cuanto tuve mis primeras clases de filosofía, pues me fascinó, por lo que me cambié de área, pero luego vi que había mucho latín y griego y filología”.

Por esta razón, optó por regresar a la biología, aunque remacha que una vez que se jubile, volverá al encuentro de la filosofía.

El asunto se resolvió en definitiva cuando, enviada por sus profesoras de la preparatoria para ir por “unos bichitos”, visitó las instalaciones del Instituto de Biología (IB), que por aquel entonces se ubicaban en la Casa del Lago, en Chapultepec.

Ahí se encontró con Teófilo Herrera, “todo un personaje de la biología”, resalta. Sin más, la joven Herminia le preguntó al investigador qué era lo que hacían en el IB. Herrera le dio un tour por el Instituto y le recomendó que estudiara la carrera de biología. Y eso fue precisamente lo que hizo la futura doctora Pasantes.
Sin embargo, tuvo que pasar una última prueba antes de poder matricularse. Aunque en aquellos días no tenía que presentar examen de conocimientos para ingresar a la carrera de biología, dada la poca demanda, sí debía pasar una evaluación médica. Y ahí sus problemas con la vista le causaron un pequeño desaguisado con el médico que la examinó, quien en un primer momento le recomendó que estudiara en la Facultad de Filosofía y Letras, que era más conveniente para las mujeres.

Como la joven insistía en inscribirse en biología, el galeno de plano le dijo que se casara y que se dedicara al hogar. Pero como toda perseverancia rinde sus frutos, finalmente logró matricularse en la licenciatura que deseaba, aunque no sabe bien a bien cómo lo consiguió.

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Viaje al cerebro

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En la recta final de la licenciatura, Herminia Pasantes volvió a encontrarse en una encrucijada. Preparaba una tesis sobre el desarrollo embrionario de los alacranes, aunque en su fuero interno buscaba algo distinto. No es que despreciara el trabajo que realizaba, pero sentía que no era el camino correcto para ella. “Era interesante, pero yo quería algo más rápido”, refiere.

Y nuevamente las circunstancias jugaron a su favor. Resulta que al lado del laboratorio del IB donde realizaba su investigación, estaba el doctor Guillermo Massieu Helguera, considerado unánimemente como el primer neuroquímico de México. Tras un afortunado encuentro con el científico, Pasantes decidió tomar la ruta de las neurociencias.

“El doctor Massieu me invitó a trabajar con él. Era químico, del Instituto Politécnico Nacional. Un extraordinario investigador. En ese tiempo se había acabado de descubrir el GABA”. ¿Y qué es el GABA? Pues uno de los neurotransmisores que permiten la comunicación entre las neuronas. Fue así que inició su excursión por los parajes del cerebro la futura investigadora emérita del Instituto de Fisiología Celular.

Pero no todo fue miel sobre hojuelas. Nuevamente su condición de mujer le acarreó problemas, ya que se le impidió hacer su doctorado por el hecho de haber tenido un hijo. Fue así que tomó la decisión de viajar al extranjero, a Francia, en concreto, y en particular a la ciudad de Estrasburgo, donde se incorporó a la Universidad Louis Pasteur, aunque el trabajo lo realizó en el Centro de Neuroquímica, el único dedicado a esta ciencia.

Tras pasar cuatro años en Europa, y luego de rechazar un ofrecimiento para quedarse a trabajar allá, volvió a México junto con su familia. De su experiencia en Francia se trajo una investigación en torno a la retina, que es una suerte de “cerebrito detrás del ojo”, y donde abundan varios aminoácidos, entre los que se encuentra la taurina, que ocupa un lugar destacado en el trabajo de la doctora Pasantes.

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Una pregunta a la naturaleza

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Proteínas fluorescentes purificadas en viales de vidrio. La fila superior las muestra bajo luz blanca y la de abajo las muestra fluorescentes. Los marcadores fluorescentes se han vuelto indispensables en la investigación biomédica básica, sobre todo para el estudio de las neuronas, ya que gracias a esa propiedad pueden iluminar estructuras de interés y dejar todo lo demás oscuro.

“Todo empezó con la taurina, que es un aminoácido que está en concentraciones muy altas en el cerebro, en la retina y en el corazón. En esos tiempos nadie tenía idea de para qué servía”, narra la doctora Pasantes.
Fueron muchos años de buscar, “de hacerle una pregunta a la naturaleza, diseñar un experimento para contestarla, y una vez concluida la prueba, esperar la respuesta”, refiere.
La pregunta era muy sencilla, como todas las que plantea la ciencia: ¿por qué la taurina está en esas concentraciones tan altas en determinados tejidos? Finalmente, tras todos los experimentos efectuados, la naturaleza respondió: el aminoácido en cuestión funcionaba como un osmolito, para el control del agua en las células.

En sus propias palabras, detalla que “en el cerebro es importantísimo ese control del agua, porque si se hincha va a chocar contra el cráneo, entonces la vasculatura se rompe y las neuronas quedan sin oxígeno. El edema cerebral es importantísimo conocerlo y tratar de prevenirlo de alguna manera. Me di cuenta que la taurina servía para regular el agua”, reseña la autora de decenas de artículos indexados y quien ha impartido conferencias en una treintena de universidades de Europa, Asia y América Latina.

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Presente y futuro de las neurociencias

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Luego de toda una vida en la investigación, la doctora Herminia Pasantes acepta que está a un paso del retiro. Desde hace cuatro años dejó de recibir a estudiantes de doctorado, aunque una de las últimas obtuvo recientemente un prestigiado galardón.

“Entiendo que llegó el momento de dejar la investigación y hacer otras cosas. Los jóvenes son muy listos. Tienen los chips de computadora y no les asustan las nuevas técnicas de análisis”, subraya.

Destaca que en poco más de 60 años ha habido una auténtica revolución en el campo de las neurociencias, que han incorporado todas las ventajas de la informática.

“Se ha avanzado de una manera impresionante. Ahora viene el proyecto del Conectoma humano, que es similar al Genoma humano. Se trata de saber cómo están conectadas las neuronas en las distintas regiones del cerebro sano y cómo esas conexiones pueden estar afectadas en el cerebro enfermo. Es un proyecto internacional muy bien financiado, pero muy complicado”, acota.

Y si bien admite que en varios aspectos el cerebro “sigue siendo un misterio, como en el tema de la conciencia”, la doctora Pasantes tiene la firme convicción de que poco a poco este maravilloso órgano irá develando sus secretos.

Sin embargo, no deja pasar la oportunidad de hacer un llamado a las autoridades universitarias y del país para que apoyen aún más a los científicos. En particular, llama la atención sobre la pesada burocracia que afecta el curso de las investigaciones, trayendo a colación lo que ocurre cuando solicitan reactivos, que solo se consiguen en el extranjero, pero que pueden pasar meses antes de que lleguen a manos de los investigadores, y no siempre en las condiciones idóneas.

Con todo, destaca que hay un futuro promisorio, que permitirá encontrar muchas llaves para puertas que ahora se encuentran cerradas.

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Por Yassir Zárate Méndez   yassirz@cic.unam.mx

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