
Su nombre científico es Euphorbia pulcherrima, que alude a la belleza de sus hojas, intensamente escarlatas, “la Euphorbia más hermosa”. Hablamos de la flor de nochebuena o flor de pascua, aunque en su variante silvestre.
El faro en línea conversó con la Dra. Laura Trejo Hernández, catedrática Conacyt, adscrita al Instituto de Biología de la UNAM (IB), Unidad Tlaxcala, quien desplegó una investigación para confirmar el origen de los cultivares de nochebuena, esas llamativas plantas que suelen adornar las fiestas decembrinas.
Uso antiguo
De acuerdo con la página de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), la flor de nochebuena es un arbusto “espectacular con las brácteas color escarlata”.
Esto quiere decir que en realidad los pétalos de la planta no son rojos, sino que se trata de hojas. Para confirmar esto, echemos un vistazo al Diccionario de la Real Academia, que define a la bráctea como una “hoja que nace del pedúnculo de las flores de ciertas plantas, y suele diferir de la hoja verdadera por la forma, la consistencia y el color”. Para completar la referencia, el Diccionario agrega que el término bráctea es de origen latino y significa, literalmente, “hoja delgada de metal”.
La Conabio refiere que numerosos grupos originarios de nuestro país incluyen vocablos en sus lenguas para referirise a este arbusto. Así, en náhuatl se la conoce como cuitlaxóchitl, mientras que la lengua zoque hablada en Chiapas la llama aijoyó; en el zapoteco de Oaxaca recibe el nombre de gule-tiini, y en chontal es conocida como lipa-que-pojua. En el totonaco de la región de El Tajín, Veracruz se la denomina pastushtln, en Michoacán la llaman uanipeni, y en Morelos, el dialecto mexicano de Tetelcingo, como poscuaxúchitl. Además, la Dra. Trejo nos puntualiza que hay trabajos que consignan otros muchos nombres en entidades del norte del país, como Nayarit, Sinaloa, Jalisco y Michoacán.
Sin embargo, su introducción en países como Estados Unidos se debió a la labor de una persona: Joel Roberts Poinsett.
Salida
Una de las particularidades de la nochebuena es que florece durante el invierno boreal. Esta singularidad llamó de inmediato la atención de Poinsett, quien fue el primer ministro plenipotenciariode Estados Unidos en México, en la década de los veinte del siglo XIX.
Por razones políticas, el gobierno mexicano pidió la salida de Poinsett, quien antes de irse, llamó a varios amigos suyos, naturalistas ellos, principalmente de Filadelfia, para que hicieran colectas “siguiendo la ruta de Alexander von Humboldt”, nos relata la Dra. Laura Trejo.
En dichas colectas, efectuadas a finales de 1828, los naturalistas estadounidenses cargaron con plantas, minerales y animales. “Se dice que Poinsett encontró la nochebuena en Taxco, y ya de ahí la llevó a Estados Unidos”. Un año más tarde, en 1829, la flor de nochebuena se exhibió en el primer festival de plantas y flores del Jardín Botánico de Bartram, “y de ahí se extiende a todo el mundo”.
Gracias a esa singular e involuntaria exportación es que la nochebuena tuvo una progresiva introducción en otros países, particularmente los de confesión cristiana, ya que su intensa coloración carmesí la ayudó a convertirla en un adorno navideño.
Desde entonces, los floricultores de Estados Unidos desplegaron una intensa selección artificial, privilegiando algunos rasgos de este arbusto, como las brácteas rojas. Como resultado, hay una próspera industria de millones de dólares anuales, obtenidos a través de patentes que se venden en países como el nuestro. De hecho, muchas de las nochebuenas que se comercializan aquí, son resultado de esos cultivares, que son más de 300, como nos explica Laura Trejo.
Viaje alrededor de la nochebuena
De forma enfática, la investigadora del Instituto de Biología asienta que por medio de su investigación pudieron demostrar, “a través estudios genéticos, históricos y etnobotánicos”, los orígenes mexicanos de la nochebuena. “Empezamos a estudiarla desde cero, desde no saber dónde están las poblaciones silvestres ni quién es su polinizador”, nos detalla.
El proyecto destacaba que la nochebuena tiene una relación cultural muy fuerte con el mexicano, misma que no la va a encontrar en otra parte. ¿Por qué?, pues porque la mayor parte de las plantas silvestres de nochebuena están en México.
Esas poblaciones describen un arco que arranca en Sinaloa, recorre casi todas las costas del Pacífico y se detiene hasta Guatemala. Se introduce por la cuenca del Balsas y sube hasta Morelos.
En un auténtico viaje alrededor de la nochebuena, los investigadores universitarios se adentraron por regiones serranas de Durango, Guerrero y Michoacán, hasta llegar a Chiapas. En todos esos sitios encontraron poblaciones silvestres del arbusto.
Contrario a los cultivares de patentes estadounidenses, las plantas que se encuentran en el campo mexicano “tienen una adaptación muy interesante”, ya que pueden recibir directamente los rayos solares. “Son las nochebuenas de sol, que generalmente se ven en los jardines. Usted puede comprar una nochebuena de patente extranjera y si la cuida mucho, sí se le da en el jardín; pero las nochebuenas mexicanas fueron una selección de estas plantas que podían resistir más el sol”. Esto les permite estar en los jardines, sin necesidad de comprar un arbusto diferente cada año.
Un resultado colateral de la investigación permitió documentar el uso de la nochebuena desde la época colonial en los jardines del centro de México, lo que se suma a otras evidencias que apuntan a una relación más antigua, anterior a la llegada de los europeos a estas tierras, y por supuesto antes de que Poinsett la llevara a la Unión Americana.
Amor a las plantas
En términos morfológicos, las plantas silvestres de nochebuenas son sensiblemente distintas a sus parientes patentadas. Por principio, las que se encuentran a campo abierto en México pueden alcanzar hasta seis metros de altura.
“Inclusive crecen como enredadera. Sale un tallo principal y las ramificaciones se hacen muy largas”, detalla la investigadora. Ahora bien, parte de la domesticación de estas plantas fue que se hiciera un solo tallo. “Otra parte de la investigación es que nosotros vemos los cultivares, desde los más chiquitos, cuando mucho ven hasta 12 pulgadas. La selección se ha dado principalmente en las hojas rojas o brácteas, en que sean muy anchas. A ellos les importa que la nochebuena sea muy vistosa en la parte de arriba, a través de estas mezclas. O muchas brácteas o pocas brácteas, pero muy anchas. Y tenemos un solo tallo, mientras que la silvestre son muy altas, y cada vez que ramifica se hace un tallo enorme y muy largo”, abunda.
Un detalle curioso que arrojó toda esta indagación es que buscando las poblaciones, vieron que algunas plantas en los jardines se parecían a las silvestres. Este rasgo se debe a que las personas toman las plantas que están en el campo y las llevan a sus casas. “Eso lo demostramos a través de evidencia genética. Sabemos que las plantas que están en el jardín son plantas silvestres, porque son el mismo genotipo de las poblaciones silbvestres cercanas. Es como hacer una prueba de paternidad o de identificaciones de criminales.
En síntesis, es tal el amor de la gente por sus plantas que literalmente se mueve con ellas: “Gente que migra a la Ciudad de México, se ha llevado plantas. En la capital del país hemos encontrado plantas de Oaxaca y de Michoacán. Hemos encontrado plantas silvestres, y también plantas más modificadas”, explica.
Metodología de colecta
La investigadora universitaria puntualiza que su equipo de trabajo compara plantas cultivadas contra silvestres.
Las plantas cultivadas pueden ser aquellas que se han traído recientemente de poblaciones silvestres, con un cierto grado de manejo o semidomesticadas o domesticadas.
Sobre la domesticación de la nochebuena se conoce poco, “y si es una planta domesticada deberían encontrarse cambios genéticos entre las domesticadas y las silvestres, lo que aún no se ha hecho”, externa.
Una planta silvestre se encuentra en su ambiente natural, y en el caso de la nochebuena formando poblaciones, es decir, conjunto de individuos, manchones de plantas a lo largo de barrancas, sobre todo en el bosque tropical subcaducifolio.
La principal diferencia entre una planta silvestre y cultivada es que aquellas no presentan simflorescencias dobles, sino solo una hilera de brácteas, mientras que las cultivadas presentan inflorescencias como las silvestres o dobles. “Las silvestres son fértiles formando flores y frutos, mientras que la mayoría de las cultivadas no forman flores y frutos. Las silvestres presentan pocas brácteas, delgadas y pequeñas, en tanto que la selección en cultivares ha sido en generar inflorescencias dobles, muchas brácteas y gruesas”, expone.
Trejo acepta que se complica la distinción entre las plantas silvestres, “por lo cual nosotros nos aseguramos que estuvieran en ambientes conservados, creciendo en poblaciones, con simflorescencias simples, incluyendo flores y frutos, que crecen dentro de los mapas de distribución que generamos con plantas con estas características. La mayoría ramifican hasta la base y crecen hasta más de seis metros. Crecen principalmente en la sombra, ya que se secan con la luz directa”, asienta.
Algo importante a destacar es que de los 14 haplotipos o variantes genéticas que este equipo de investigadores ha encontrado hasta el momento, uno corresponde a los cultivares de patentes extranjeras, y sus parientes silvestres se distribuyen en el norte de Guerrero, como lo cuenta la historia de Poinsett, y el otro haplotipo es de los cultivares mexicanos, de los cuales aún no encuentran los parientes silvestres, ya sea por falta de muestreo o porque dichas poblaciones, que pudieran estar ubicadas en el centro de México, han desaparecido por el crecimiento de la mancha urbana.
Por ello, cuando encuentran ejemplares en la Ciudad de México o en Tlaxcala, sitios fuera de la distribución natural de nochebuena, asumen que esas plantas fueron movidas por las personas.
por Yassir Zárate Méndez



