Hito en la sismología

La clave está en el fondo del mar, frente a la costa de Guerrero, donde chocan las placas tectónicas de Norteamérica y Cocos.

Por José Antonio Alonso García – 

A principios de abril de 2022 fondeó en Mazatlán El Puma, buque oceanográfico de la UNAM. A bordo traía un tesoro rescatado del fondo marino en la brecha sísmica de Guerrero.

Concluía así la campaña oceanográfica liderada por los doctores Víctor Manuel Cruz Atienza, eminente sismólogo del Instituto de Geofísica y del Servicio Sismológico Nacional, y el doctor Yoshihiro Ito, de la Universidad de Kioto.

Yoshihiro Ito, Cruz Atienza y un sismómetro de fondo oceánico. Foto: Gustavo Huerta / EFE

Esta segunda parte de la campaña oceanográfica tenía que haberse llevado a cabo en noviembre de 2020, pero la pandemia obligó a posponerla. “Nuestros temores, finalmente, se tradujeron en la pérdida de cuatro de los siete sismómetros de fondo oceánico que habíamos desplegado en 2019, seiscientos mil dólares a la basura con toda la información de más de dos años registrada”, apunta Cruz Atienza, nombrado personaje científico a nivel mundial del año 2017 por la prestigiosa revista Nature.

Si deseas conocer cómo se planeó y fue desarrollándose esta campaña sísmico-oceanográfica méxico-japonesa puedes consultar AQUÍ

 

El buque del tesoro

El Puma partió de Mazatlán a mediados de marzo rumbo a la brecha de Guerrero para rescatar los siete sismómetros y, con sus registros, confirmar después las evidencias de la ocurrencia de un sismo lento en la zona, señal previa en varias ocasiones de un terremoto de dimensiones considerables en otras latitudes del planeta.

“Fue un trago muy amargo la pérdida de cuatro equipos”, admite Cruz Atienza. Sin embargo, durante las dos semanas de la travesía los expedicionarios llevaron a cabo muchos otros trabajos, como bajar datos telemétricamente, vía acústica, desde el buque de sensores posicionados en el fondo del mar que registran la presión hidrostática de la columna de agua, a través de los cuales se pueden observar las deformaciones verticales del continente; también desplegaron exitosamente otros ocho sismómetros de fondo oceánico de la UNAM, esta vez exactamente frente a la costa de Acapulco y hacia la Costa Chica de Guerrero.

Durante esos primeros trabajos analíticos a bordo revela el doctor Cruz Atienza que “emergió una señal muy clara. Muy, muy clara –recalca–, que confirmaría la ocurrencia de un sismo lento bajo el fondo oceánico en la brecha sísmica de Guerrero”.

Las siete esferas de color naranja son los sismómetros depositados en el fondo marino sobre la placa continental en dos líneas paralelas a la costa. La primera línea estaba a 25 kilómetros de tierra y la segunda a 55-60. Se recuperaron el OBS-R7, el 5 y el 6. Los puntos blancos son los ocho nuevos instrumentos depositados en el fondo del océano que recogerán datos y serán recuperados en 2023.

Después de detallados y reiterados análisis de los datos, el experto advirtió que podrían no tener parangón a nivel mundial, pues se trataba de series temporales de presión hidrostática del fondo oceánico muy largas, de más de cuatro años de registro.

“Probablemente no exista ninguna serie temporal tan larga como esta, que, por un lado, refleja algo muy robusto y detallado, además de que también la amplitud de la señal es mucho más grande que la que se reportó en Nueva Zelanda y en Japón hace dos años y se publicó en la revista Nature. Pero quiero subrayar que siguen siendo resultados preliminares”, externa el especialista en física de sismos.

En busca de la confirmación final

Después de intentar, y lograr parcialmente, recuperar los siete equipos El Puma se dirigió al sur para depositar en el fondo oceánico ocho nuevos instrumentos que serán rescatados con su valiosa información en 2023.

Un mes después de concluida la campaña oceanográfica el equipo de expertos sigue estudiando los datos desde diferentes perspectivas. Participan también dos estudiantes de Yoshihiro Ito “que desarrollaron un método en Japón que fue el que yo repliqué en El Puma”, además del doctor Vladimir Kostoglodov, eminente investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM, que “está depurando estas series temporales para ver si emerge la misma señal”.

De confirmarse en las próximas semanas, esos datos concretos serían la evidencia “incontestable” de la ocurrencia de un sismo lento en la brecha sísmica de Guerrero.

“Creo que hay elementos suficientes para estar convencido de ello, pero aún no quiero, por prudencia, afirmarlo a ciencia cierta hasta que no haya un consenso entre todos los que estamos analizando los datos”, acota el investigador universitario.

Explica Cruz Atienza que su confianza se basa en diferentes tipos de datos completamente independientes, como los provenientes de GPS diferenciales en la costa, los registros de presión hidrostática que permiten estimar variaciones en la columna de agua, posiblemente ligadas a la subsidencia o levantamiento del fondo oceánico en un proceso tectónico, además de las series temporales extraordinariamente sensibles de la inclinación de los sensores en el fondo del mar.

“Todas estas informaciones son consistentes, además de que son mediciones tomadas con instrumentos independientes”.

Primera medición de un sismo mayor hecha bajo el mar

Revela el geofísico que “algo fenomenal que ocurrió, y nos dimos cuenta en cuanto bajamos los primeros datos, específicamente los de presión hidrostática del fondo oceánico, fue que el terremoto del 17 de septiembre de 2021 en Acapulco se registró perfectamente en nuestra estación más cercana. Fue la primera medición de la información estática provocada por un terremoto en México hecha bajo el mar”.

Ese evento sísmico fue muy grande, explica el investigador, de magnitud ocho o superior. No obstante, muchos de los grandes edificios y hoteles de la bahía acapulqueña están fincados sobre una formación rocosa muy sólida, en granito, por lo cual las sacudidas, si bien pueden ser muy violentas, en principio estas construcciones no necesariamente corren grandes riesgos. Por el contrario, en la Ciudad de México la naturaleza del suelo es tan particular que los movimientos son muy fuertes.

El doctor Cruz Atienza revela que tienen previsto ir a recuperar los ocho nuevos sismómetros de fondo oceánico en un año, “salvo que nos lo vuelva a impedir otra pandemia”.

Temblor en el Senado de la República

Un mes después del fuerte sismo de septiembre de 2017, el doctor Cruz Atienza acudió al Senado de la República, donde afirmó ante los senadores que los desastres naturales son una construcción social, que son el resultado de las decisiones que toma una sociedad y notablemente su gobierno, que el peligro sísmico en México será siempre grande y que el riesgo y sus consecuencias tendrán el tamaño que el gobierno disponga.

Cinco años después de ese “debate interesante, algo que recuerdo con claridad fue la reacción de uno de los senadores acerca de lo que son los terremotos en México y sus posibles consecuencias. En concreto, lo que me llamó la atención fue que esta persona, que tenía el poder de tomar decisiones, pensaba que los sismos y sus tragedias consecuentes son una especie de designio divino. No lo dijo así, no hizo alusión a Dios, obviamente, pero como si hubiera una especie de determinismo, una condición de la cual no podemos zafarnos, y que nuestra obligación como sociedad era simplemente ser capaces de levantarnos nuevamente después de cada vez que ocurra una tragedia. Como si estuviera escrito que así nos tocó vivir y así habría que seguir viviendo”.

¿Estamos mejor prevenidos?

De su relación con las autoridades que están a cargo de la prevención, apunta que en el Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred) realizan un trabajo extraordinario, porque tienen las ideas muy claras y en la dirección apropiada.

A nivel local, al menos en la Ciudad de México, los responsables de la protección civil también están conscientes de que la estrategia es apostar por la prevención y no por la reconstrucción.

Por el contrario, la administración federal actual, prosigue Cruz Atienza, parece tener otras prioridades, porque los recursos financieros dedicados a la prevención, “lo sé de primera mano, son paupérrimos, totalmente insuficientes”.

Y concluye afirmando que “por cada peso invertido en la prevención se ahorran de cinco a siete pesos en la reconstrucción. Esto no lo digo yo, sino gente muy seria que lo ha estudiado desde hace mucho tiempo, por ejemplo, en el Colegio de México”.

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